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martes

Rompiendo el trépido hielo

Tengo tanto por lo que escribir, que por tanto, no escribo. Habría tantas cosas que decir, que expresar no consigo. Tantos motivos para ser feliz que, en un desliz, la facultad de enumerar he perdido. Tantas ganas de vivir, de disfrutar este momento, de sonreír y abrazar; que de dejar constancia en recuerdos, muy a mi pesar, con frecuencia me olvido.

Mas somos cuatro ya aquí, el milagro ha sucedido. Todos sanos, todos en casa, todos felices, todos unidos. El torrente de emociones es tal, que controlarlo hasta el momento no he podido. No hay presa que pueda parar una conciencia presa de sus latidos. De mis dos niñas. De mi ninfa y de mi perla. Lo reconozco: estoy enamorado perdido. 

Quiero que este post recupere el tiempo no invertido. Quiero que rompa un hielo, por más trépido y tímido que haya sido. Soy tan feliz que no se me nota, es tal la implosión de emociones que al externo nada ha salido. Tales son las ondas gravitacionales de ilusión que la luz no se ha escabullido. Y por tanto no es visible para ningún observador que lo haya requerido. 

Gracias a la vida que me ha dado tanto que diría Mercedes Sosa. Gracias por lo que queda por venir. Aquí estaremos para disfrutarlo. Y, una vez rota esta fina capa de escarcha, escribir y compartir. Dejar constancia en cada letra de que la magia existe y de que además, por suerte, sigo aquí para contarlo.

jueves

Turista en casa

A veces el orden de los factores sí altera el producto. No es lo mismo una familia grande que una gran familia. Y yo, por suerte, poseo ambas. Si la vida es un regalo, éste mío posee un envoltorio precioso, majestuoso, cercano, radiante y eterno.

Como cada año, el retorno de vacaciones da que pensar y también pesar. Pasar horas recordando lo que fue, pensando que puede ser o soñando que será; conjugando el verbo volver en diversos tiempos: en subjuntivo pocas veces, en condicional algunas más y en futuro casi siempre.

Este año vuelvo a la rutina con el corazón más lleno que nunca. De emociones, abrazos, cariño, familares y amigos. He sido capaz de dar sorpresas a mis tres referentes vitales en forma de album fotográfico, con textos que transmiten toda emoción, toda vida. Retales de unas vidas, que son las suyas, pero confluyen en la mía para desembocar en una misma mar, que es Nerea. Los sedimentos acumulados en curso nos hacen volar juntos y aterrizar en sincronía.

Siempre fui de la opinión de que hace falta volar para poder echar raíces. Yo empecé a volar solo, de un tiempo a esta parte me di cuenta de hacerlo en manada. Para mí volver a España de vacaciones siempre fue una sensación anómala (y de hecho la libreta en la que escribo mis reflexiones en tales periodos tiene el título de este post) porque me hace sentir como un turista en casa. Porque turista soy esos días al fin y al cabo, mi día a día es distinto al que haría viviendo allí. Por otro lado estoy en casa, que es la casa de la gente que más quiero: mi padre, mi madre y mi hermana.

Sin embargo, algo cambió este septiembre. He sido menos turista y he estado más en casa que nunca. Han sido semanas perfectas, tanto que crean elevadas expectativas para cualquier otro periodo vacacional futuro y además coronada con una velada preciosa y mágica, que la palabra matrimonio aún con toda su magneficiencia, es capaz incluso de banalizar.

He sido feliz de estar con tanta familia (una gran familia grande) y de volver a ver tantos amigos, muy buenos, que casi me olvidaba de haber dejado tan lejos de mi día a día.
Las alas siguen haciéndonos volar, pero serán las raíces las que nos harán volver. Volver: esta vez sí, en infinitivo.

martes

El mejor cumpleaños posible

Una muy buena amiga me dijo hace un tiempo en una situación totalmente diversa pero en la que también, las fuerzas comenzaban a escasear: es muy difícil realmente tocar fondo, es más si crees que lo has tocado es síntoma de todo lo contrario. No obstante, en el peor de los casos puede servir para impulsarte y motivarte en que todo lo que venga ahora no puede ser peor. No parece algo positivo, pero no es tampoco negativo.

Por eso, ante días que parecen repetirse y horas vacías, ante la tentación de la excusa fácil a la resignación pero con el mantra claro de que "si quieres cambiar algo, debes probar haciendo cosas distintas", momentos como los vividos hace unos días, no sólo dejan una imborrable huella sino que ayudan a luchar contra nuestro peor enemigo en esta época: nosotros mismos, especialmente, esa pequeña región de nuestro cerebro en el que se generan nuestras expectativas.

Angustia y desazón, cambiar candidez e ilusión por inercia inoperativa. Son estos los problemas, pero no de lo que quiero hablar hoy. Porque a veces buscamos cambios externos para mejorar el equilibrio interno, y nuestro cegado egocentrismo nos hace olvidar que gente que forman parte de nosotros están ahí, siempre, para lo bueno y para lo malo.

Lo de estos últimos días, cuya sensación de fugacidad es directamente proporcional al bienestar que hemos sentido, ha sido algo mágico; realmente lo necesitaba, este paréntesis, en este caso era algo más que una visita familiar.

Porque precisamente, lo más valioso tantas veces es aquello que no se puede cuantificar (por fortuna), tan bello como inesperado. Con el poder de transformar las horas, minutos y segundos de nuestro sistema sexagesimal en momentos e instantes, que devendrán en felices recuerdos. La unión suave y cuasi sinfónica, a través de la armonía de un ritmo musical, las risas infinitas, las miradas de complicidad, el no querer que aquello acabe y el saber perfectamente que lo hará espacial y temporalmente. Corazones que baten al unísono y hacen mover sus extremidades con una orquestación exquisita, una amargura en la despedida que conlleva una extraordinaria felicidad en el reencuentro. El poder disfrutar, celebrar, reír, cantar, llorar de una famila, mi familia. La importancia relativa del resto y la suerte de poder compartirlo con la única persona con la capacidad de erizar todos tus poros con apenas un suspiro de sus labios.

Hace un tiempo lo escribí, no es ni el mejor ni el peor de los períodos, el ánimo no debe decaer y la región más bella de Italia ha sido testigo del reafirmar de este deseo imperturbable. El poder haber disfrutado de la familiaridad, en su sentido más íntimo y cercano, hecha vida, que es la vida en sentido absoluto. Absolutamente: el sentido de la vida.