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jueves

Saltemos al vacío: la reflexión de los 28 plurales mayestáticos

Saltemos al vacío. Saltemos y asaltemos lo que queda, que no es nuestro, no lo poseemos ni controlamos pero nadie nos lo podrá negar jamás. Un salto que sepa a la antesala de la gloria, que coseche la sensación del éxito; pero sin gloria ni éxito, sin llegar a un fin ni justificar ningún medio. Hagámoslo desde la humildad, pero sin buenismos, con cinismo pero cínicamente mesurado, sin tabús pero con el tempismo propio de alguien que sabe donde está, pensemos en poco más allá de pasado mañana pero pensémoslo ya.

No miremos atrás, las distancias en el retrovisor pueden engañar, al igual que las dimensiones de lo que nos precede, no por quedar atrás fue peor o mejor, simplemente quedó atrás. Como atrás deben quedar las comodidades, un salto supone un riesgo, abandonemos la zona de confort, atrevámonos con lo desconocido, temamos lo cotidiano y adoremos las rupturas, aprendamos que también las hay positivas. Apreciemos lo que tenemos y de lo que adolecemos, tan nuestro como temporal y efímero, lo que permanece es la actitud: mantengámosla.

Todo salto tiene una caída, recordemos que un golpe no duele menos porque lo esperemos pero nos predispone a levantarnos valorando lo que hicimos mientras estábamos en pleno vuelo. Olvidemos parámetros de otros, en sentido amplio, de otros lugares, tiempos o individuos; reaprendamos sin llegar a reeducarnos, preparémonos para que cada salto sea si no más alto sí más agil, la técnica es importante pero solo con la marca se gana. No olvidemos que lo material tiene la importancia justa, el vacío lo compone todo, a pesar de la flagrante antítesis, por eso (entre otras infinitas razones) y porque otra opción no nos es relevante: Saltemos al vacío.

viernes

La enfermedad de los que curaban

Comenzamos 2014 con la sensación general y el anhelo de que no sea mejor sino menos malo que el año precedente. Parece lógico, el ser humano como especie no puede ser más decadente. Si hay algo ineludible y que da justicia a este circo es la muerte. Es la única certeza de la vida y escapa a nuestro control, tratando a todos los animales por igual.

Es por ello que desde los primeros asentamientos humanos, cuando dejamos de ser nómadas, las personas ancianas (adaptando tal concepto a la esperanza de vida de cada época) han sido en su mayoría receptoras del respeto de la comunidad e incluso veneradas. Y aún hoy día muchas culturas lo siguen haciendo.

Fueron dos reportajes en días diferentes en la televisión italiana los que me hicieron verlo tan claro. En el primero se retrataba la vida de uno de los países "en vías de desarrollo" del África occidental, donde está desapareciendo la cultura gastronómica propia amen de las multinacionales con sus centros comerciales. No obstante, en estas culturas relegan un papel sino protagonista sí decisivo a las personas ancianas, ninguna decisión de la comunidad puede ser tomada sin tener en cuenta el parecer de los ancianos. En algo hemos fallado los que creemos vivir en una "sociedad moderna", ¿verdad?

En este contexto y tras mi positiva sorpresa por la forma de vida que tenían vi el segundo reportaje. Era un acto solidario, o más bien de buenismo institucionalizado. Ya se sabe, la navidad da mucho marketing. El alcalde y concejales de un pueblo toscano decidieron rendir homenaje a los ancianos que tantas veces pasan estas fiestas (y también el resto del año) en la más absoluta soledad. La chispa de ignición para mi atención sobre tal reportaje fue el tratamiento de la vejez y la soledad en la misma como una enfermedad. Con una especie de pragmatismo físico exacerbado identificaban esa soledad como una enfermedad, algo propio de la tercera edad.

En ese momento y tras ver varias entrevistas y lágrimas de cocodrilo, fue cuando pensé en que sí se puede tratar como enfermedad, pero no de los ancianos, sino de la concepción y trato de la sociedad hacia ellos. Si ni siquiera existe respeto imaginemonos veneración. Los Simpsons se supone una serie sarcástica de lo peor de la cultura occidental, no una hoja de ruta. Dejar aparcados (literalmente) a nuestros mayores en centros geriátricos es algo deleznable y cobarde con la componente enfermiza de la aceptación social.

Hemos llegado a un punto en el que consideramos que las personas "ya no sirven" o "son un estorbo", todo esto, paradójicamente en el periodo histórico en el que más amamos los objetos materiales. Piensa cada noche con cuantas personas reales has interactuado ese día y con cuantos objetos inanimados; te sorprenderá el resultado. Porque avanzar es una maldición si es en el rumbo equivocado, creo que deberíamos mirar un poco atrás o a lo que consideramos "abajo" de nuestras sociedades. Porque tenemos mucho que aprender (más que de enseñar) del tristemente llamado continente olvidado.