Mis dudas acerca de escribir una opinión sobre un tema en el que ni mucho menos soy ducho, continúan a rondar por mi cabeza. No quisiera pecar de historicismo ni de oportunismo mediático, pero para alguien que, como he dicho, no es experto en el tema, la muerte de Adolfo Suárez resulta trágica por la brusca manera en que nos damos cuenta de lo poco que la política vale en la actualidad.
De Suárez se han dicho grandes cosas, exageradas o no por la euforia de salir de una dictadura represiva. Pero hay algo innegable: Suárez fue el artífice (voluntario o no) de una ilusión, casi un espejismo, la idea del fin de las dos Españas, la transitoria quimera de un pueblo que por fin había olvidado sus diferencias y perdonado recíprocamente sus pecados, con todo el respeto que dicho proceso requiere. Nada más lejos de la realidad, este atisbo de esperanza y convivencia feliz murió antes del propio Adolfo, antes, incluso, de que perdiera la memoria y la capacidad de interactuar con lo real.
Cuando muere alguien importante, sirve para recordar cosas que habíamos dejado a un lado; la democracia, como tal, nunca existió, o no completamente, democracia política y electoral hacen el efecto cortina perfecto para no percatarse de la falta de la misma en terreno social y económico. Y así seguimos, se perpetúan las dos Españas que se odian, que se echan culpas una a la otra incesantemente y se empeñan en buscar diferencias. Ni olvido ni perdón. Algo de lo que ya se percató uno de los grandes poetas que ha dado nuestra tierra y de cuyo nacimiento se cumplen 140 años en 2015. La Transición prometía llevarnos a algo nuevo, pero sin olvidar viejas rencillas, a nuevos modelos sociales pero con instituciones anquilosadas. Si Antonio Machado levantara la cabeza, vería que el fenómeno de las dos Españas no ha hecho más que acentuarse, a pesar de Adolfo Suárez.
lunes
jueves
Crítica razonada a la adulación de la era del Branding (sobre el caso específico de Lululemon Athletica)
Entiendo que sea útil e incluso cómodo el hecho de categorizar todo en periodos históricos cerrados, en eras distanciadas por éste o aquél hito. No pretendo enjuiciar la labor de los profesionales historiadores en cualquier campo; simplemente no comparto esa visión por simplista. Categorizar es cómodo pero poco acertado si lo confrontamos con el dinamismo y mestizaje cultural de lo real.
Entrando en el campo de la comunicación, la dinámica no cambia. Así pues, se habla de la época de la publicidad informativa, de aquella de la televisión con el auge del spot, la era de la información, la era de internet y/o la era del branding.
Ya denostados son aquellos presagios en los que expertos de la comunicación vaticinaban la muerte del spot televisivo desde hace 20 años. La sociedad es dinámica, la publicidad es su reflejo, y viceversa, en un ciclo recíproco donde causa y efecto no están bien delimitadas, en parte, porque no tiene la mayor importancia.
Efectivamente, el spot televisivo no ha muerto, ni ningún otro medio televisivo. Dentro de 20 años podremos encontrar los formatos que hoy conocemos más o menos debilitados y/o transformados, pero en esencia, habrán sobrevivido con el dinamismo que les caracteriza.
La marca, lo intangible, en el siglo XXI es y será el valor más importante de un producto o empresa de servicios, su piedra angular. Más aun que su capacidad manufacturera o sus capacidades técnicas o pragmáticas, la marca como dogma. Fidelizar clientes poniendo el acento sobre un supuesto matrimonio de clientes reales y potenciales con nuestro logo, imagotipo y cultura de marca. Las marcas convertidas en un estilo de vida: la era del branding.
Como comentaba en el primer párrafo nunca acepté dicha apreciación. Es cierto que abundan ejemplos de que todo lo anterior ha sido y sigue siendo cierto para muchas empresas, pero no es menos cierto que otros tantos, aquellos de los no líderes de mercado, nos demuestran día a día lo diametralmente opuesto.
Hace poco leí un artículo sobre el declive de una marca de ropa deportiva: Lululemon Athletica, fabricante de los conocidos como yoga pants y como su marca ha pasado de marcar un estilo de vida a sinónimo de productos de escasa calidad. Algo que el autor llamaba con cierta resonancia el fin de la era del branding manteniendo que, gracias a internet y las redes sociales, asistimos a la revalorización de los valores tangibles: la calidad del producto, su ciclo de vida...
En primer lugar, el caso de esta empresa debe su caída a varios factores: el primero la queja generalizada sobre el material de sus pantalones, calificado por muchas de sus usuarias como transparente.Por otro lado, la reacción del ahora expresidente de la empresa (hace poco presentó su dimisión) fue decir que sus prendas están ideadas para mujeres esbeltas y que estos problemas aparecen porque han llevado sus prendas usuarias con kilos de más. Obviamente esto no ha ayudado a la marca.
El segundo factor sería la viralidad en internet de las opiniones negativas del producto. Se habla de que internet está acabando con la fidelidad de las marcas, la mayoría de nosotros nos informamos por internet y nos fiamos del parecer de otros usuarios antes de realizar una compra a la que damos relevancia, por lo que ya no valoramos la marca tanto como la opinión de otros que la han usado antes. El comprador está más informado que nunca, sostenía el autor, y por tanto, el branding está expirando, salvo en pocos casos en marcas como Coca-cola o Apple.
Mi opinión personal es que el branding no está sentenciado a muerte pero tampoco en auge, por lo que no hablaría de su era ni del ocaso de la misma. Al igual que internet no nos hace más inteligentes o el disponer de más información significa que la usemos. Existen más medios para estar informados, pero también más medios donde ser bombardeados con publicidad cuya línea con la información o el entretenimiento cada vez se diluye más.
Han cambiado nuestros hábitos como consumidores pero también los hábitos de la publicidad. La proporción se mantiene. Dependerá siempre del tipo de comprador. Si yo soy fiel a un dentífrico porque me recuerda al que compraba mi madre y por tanto, a mi infancia, lo seguiré comprando indiferentemente de lo que opinen por internet otros usuarios o los valores que me propongan otras marcas, sean del índole que sean. La información está ahí, sí, pero hace falta buscarla. Sobre todo querer buscarla y eso varía de una persona a otra sin variables mercadotécnicas que valgan.
Entrando en el campo de la comunicación, la dinámica no cambia. Así pues, se habla de la época de la publicidad informativa, de aquella de la televisión con el auge del spot, la era de la información, la era de internet y/o la era del branding.
Ya denostados son aquellos presagios en los que expertos de la comunicación vaticinaban la muerte del spot televisivo desde hace 20 años. La sociedad es dinámica, la publicidad es su reflejo, y viceversa, en un ciclo recíproco donde causa y efecto no están bien delimitadas, en parte, porque no tiene la mayor importancia.
Efectivamente, el spot televisivo no ha muerto, ni ningún otro medio televisivo. Dentro de 20 años podremos encontrar los formatos que hoy conocemos más o menos debilitados y/o transformados, pero en esencia, habrán sobrevivido con el dinamismo que les caracteriza.
La marca, lo intangible, en el siglo XXI es y será el valor más importante de un producto o empresa de servicios, su piedra angular. Más aun que su capacidad manufacturera o sus capacidades técnicas o pragmáticas, la marca como dogma. Fidelizar clientes poniendo el acento sobre un supuesto matrimonio de clientes reales y potenciales con nuestro logo, imagotipo y cultura de marca. Las marcas convertidas en un estilo de vida: la era del branding.
Como comentaba en el primer párrafo nunca acepté dicha apreciación. Es cierto que abundan ejemplos de que todo lo anterior ha sido y sigue siendo cierto para muchas empresas, pero no es menos cierto que otros tantos, aquellos de los no líderes de mercado, nos demuestran día a día lo diametralmente opuesto.
Hace poco leí un artículo sobre el declive de una marca de ropa deportiva: Lululemon Athletica, fabricante de los conocidos como yoga pants y como su marca ha pasado de marcar un estilo de vida a sinónimo de productos de escasa calidad. Algo que el autor llamaba con cierta resonancia el fin de la era del branding manteniendo que, gracias a internet y las redes sociales, asistimos a la revalorización de los valores tangibles: la calidad del producto, su ciclo de vida...
En primer lugar, el caso de esta empresa debe su caída a varios factores: el primero la queja generalizada sobre el material de sus pantalones, calificado por muchas de sus usuarias como transparente.Por otro lado, la reacción del ahora expresidente de la empresa (hace poco presentó su dimisión) fue decir que sus prendas están ideadas para mujeres esbeltas y que estos problemas aparecen porque han llevado sus prendas usuarias con kilos de más. Obviamente esto no ha ayudado a la marca.
El segundo factor sería la viralidad en internet de las opiniones negativas del producto. Se habla de que internet está acabando con la fidelidad de las marcas, la mayoría de nosotros nos informamos por internet y nos fiamos del parecer de otros usuarios antes de realizar una compra a la que damos relevancia, por lo que ya no valoramos la marca tanto como la opinión de otros que la han usado antes. El comprador está más informado que nunca, sostenía el autor, y por tanto, el branding está expirando, salvo en pocos casos en marcas como Coca-cola o Apple.
Mi opinión personal es que el branding no está sentenciado a muerte pero tampoco en auge, por lo que no hablaría de su era ni del ocaso de la misma. Al igual que internet no nos hace más inteligentes o el disponer de más información significa que la usemos. Existen más medios para estar informados, pero también más medios donde ser bombardeados con publicidad cuya línea con la información o el entretenimiento cada vez se diluye más.
Han cambiado nuestros hábitos como consumidores pero también los hábitos de la publicidad. La proporción se mantiene. Dependerá siempre del tipo de comprador. Si yo soy fiel a un dentífrico porque me recuerda al que compraba mi madre y por tanto, a mi infancia, lo seguiré comprando indiferentemente de lo que opinen por internet otros usuarios o los valores que me propongan otras marcas, sean del índole que sean. La información está ahí, sí, pero hace falta buscarla. Sobre todo querer buscarla y eso varía de una persona a otra sin variables mercadotécnicas que valgan.
miércoles
Sinestesia circunstancial
Todo tiene un color. El color lo es todo, no es sólo visible a los ojos: se piensa, se siente, nos mueve y conmueve; nos inunda y connota. Su cotidianidad nos hace no verlo, pero todo tiene un color. Incluso hay quien prefiere vivir en los extremos, en blanco y negro.
Pero no sólo es el color, todo es relativo, también la intensidad, la luminosidad, la saturación...cuentan. Muchos prefieren enaltecer la intensidad, en todos sus puntos, olvidando el contraste, tan importante en el tiempo de infoxicación cromática que nos circunda.
No es sólo color, ni luz, ni sombra; es actitud, aptitud, percepción e interpretación. Es la vida. La vida es color.
Pero no sólo es el color, todo es relativo, también la intensidad, la luminosidad, la saturación...cuentan. Muchos prefieren enaltecer la intensidad, en todos sus puntos, olvidando el contraste, tan importante en el tiempo de infoxicación cromática que nos circunda.
No es sólo color, ni luz, ni sombra; es actitud, aptitud, percepción e interpretación. Es la vida. La vida es color.
lunes
La frontera de enfrente
No. No es cuestión de discutir si el término medidas disuasorias es más o menos acertado. No se trata de buscar la legalidad de las medidas o la seguridad de la nación como eternos paradigmas, cuasi inherentes a nuestra lógica más irracional, para apaciguar hasta la más perturbada de las consciencias. No es una respuesta a la colocación según aquí, ahí o allí. No hablemos de invasión ni de desequilibrio demográfico, de ladrones de trabajo o de parásitos sociales. Para buscar parásitos busquen en la cúspide y después vayan bajando, pero no al contrario.
No celebremos nuestra apertura mental, no todavía. No nos creamos civilizados o al menos no más que el resto de animales, al menos ellos obedecen su instinto. No engullamos los mensajes de intolerancia, no nos dejemos distraer y si ya estamos distraídos, no olvidemos lo obvio.
De nada sirve perderse en discursos del tipo ningún ser humano es ilegal mientras a nadie le parecen mal las barreras, fronteras, alambre espinado, muros...paredones, al fin y al cabo. Rechazamos la cruenta ocupación israelí o el maltrato constante en la frontera mexicana con los Estados Unidos. O los abusos de los derechos humanos en la frontera entre Corea del Norte y China. Lo del ojo ajeno no es paja, ni mucho menos, pero nuestra viga no es de menos tamaño, ni relevancia. Antes de comenzar a hablar o escribir, de versar el más mínimo comentario sobre estos temas, recuerde el lector nuestras vallas en Melilla, con cuchillas o sin ellas, recuerde la simple legitimación de esas vallas, la aceptación general y consensuada de su existencia, de esa prohibición manifiesta; como recordando a los más pobres que nunca dejarán de serlo y que nuestro esfuerzo en esa dirección parece no desfallecer. Y si, por un error del sistema, consiguieran escapar libremente (triste antítesis donde las haya) toda una sociedad cargada de prejuicios se encargará del resto.
No celebremos nuestra apertura mental, no todavía. No nos creamos civilizados o al menos no más que el resto de animales, al menos ellos obedecen su instinto. No engullamos los mensajes de intolerancia, no nos dejemos distraer y si ya estamos distraídos, no olvidemos lo obvio.
De nada sirve perderse en discursos del tipo ningún ser humano es ilegal mientras a nadie le parecen mal las barreras, fronteras, alambre espinado, muros...paredones, al fin y al cabo. Rechazamos la cruenta ocupación israelí o el maltrato constante en la frontera mexicana con los Estados Unidos. O los abusos de los derechos humanos en la frontera entre Corea del Norte y China. Lo del ojo ajeno no es paja, ni mucho menos, pero nuestra viga no es de menos tamaño, ni relevancia. Antes de comenzar a hablar o escribir, de versar el más mínimo comentario sobre estos temas, recuerde el lector nuestras vallas en Melilla, con cuchillas o sin ellas, recuerde la simple legitimación de esas vallas, la aceptación general y consensuada de su existencia, de esa prohibición manifiesta; como recordando a los más pobres que nunca dejarán de serlo y que nuestro esfuerzo en esa dirección parece no desfallecer. Y si, por un error del sistema, consiguieran escapar libremente (triste antítesis donde las haya) toda una sociedad cargada de prejuicios se encargará del resto.
martes
Solucionemos el mundo en seis párrafos
Pese a no recordarlo con exactitud, creo que no hará ni dos meses de aquella noche. Una noche más, en la que nos reunimos para cenar en casa de unos amigos españoles. Como siempre las risas acompañaron la cena y las bebidas, abundantes, continuaron siéndolo en la postcena. Así, con un estado de embriaguez dicharachero y dilatándonos sin reparos en el tiempo, empezamos a divagar, a expresar nuestras opiniones; ese momento de intoxicación etílica en el que decides arreglar el mundo.
No obstante la evidente banalidad del asunto; esta noche tuvo dos repercusiones que la hacen ser recordada: en primer lugar, esa noche comencé a hablar del estado de las cosas, del ser humano en sociedad, basándome en teorías como la distropía (defendida por autores como Orwell o Huxley) y que ha inspirado mi cuarto artículo (saldrá publicado en febrero) para la revista universitaria italiana Schegge. La segunda razón por la que publico este post es el haber encontrado un trozo de papel con reflexiones que escribí al llegar a casa de madrugada y que leídas mucho tiempo después me han parecido interesantes (ya que yo no las recordaba, razón por la que creo que las escribí. Un poco de lucidez dentro de la borrachera de aquel día)
El texto comienza así: "Egoísmo. Podemos embellecerlo o maldecirlo; al final, sólo queda el propio concepto, lo que designa. Muchos lo llaman independencia, yo prefiero llamar a las cosas por su nombre. Es egoísmo, nos define, individualmente y como especie. No es de extrañar que tras pensar durante un tiempo, uno llegue a la conclusión de que ese egoísmo que en tantos ejemplos cotidianos vemos reflejado no sea más que un vestigio animal en la lucha por la supervivencia. Del individuo y de los miembros afines al mismo, llámese comunidad, familia o manada."
"No hay nada más estable que la segura inestabilidad de la vida, que es la muerte, el hecho inexorable de que acabará. Da estabilidad porque es justicia, ataca a todos por igual, el único requisito para morir es haber vivido. La vida es fugaz y escapa a cada segundo, por ello todo afán de perpetuidad por parte de los mortales parece justificada, ser inmortal, escapar a esa igualdad. Queremos destacar sobre nuestros iguales, sobrevivir a la selección natural; pero cuando la vida no depende de la propia naturaleza o de posibles ataques de un predador; la ambición del hombre le lleva a inventarse algo para propiciar una selección innatural. Por ello, hemos inventado el dinero."
"El dinero como equilibrio y como ruptura de la entropía al mismo tiempo. En el fondo, da razones a una especie para perpetuarse, para creerse superior, los que sobreviven a esta selección innatural sentirán orgullo (otro derivado de la combinación de dos cualidades ya mencionadas: egoísmo y ambición) de haber vencido. No escaparon a un predador, se adaptaron mejor al sistema, a este sistema donde la muerte nos iguala y el dinero rompe la balanza"
"A pesar de poseer una mente racional y ser un animal social, el ser humano no puede aceptar la igualdad, no en términos generales o desde un punto de vista holístico. Esto se deba a la cuarta y última cualidad que nos define y por la que el sistema capitalista se sigue aceptando: miedo. Si confiamos todo a la igualdad que nos viene dada simplemente por el hecho de estar vivos, sin aditivos, correremos el riesgo de que alguien que se crea por encima nos querrá aplastar."
miércoles
Felicidades a la mujer que me dio la vida y me la sigue dando día tras día
Toda una vida dedicada a tus hijos, a cuidarlos y educarlos.
Estamos más que orgullosos de la madre que tenemos y por eso...
Quisiera agradecerte todo tu apoyo y tu alegría que en todo momento me has dado
Uno no elige a sus padres pero para mí sería...
Imposible encontrar una madre mejor:
Empezando por cuanto nos has enseñado y terminando por cuanto nos queda aún por aprender de ti.
Realmente, lo único que lamento es no poder decírtelo personalmente...
O poder abrazarte, pero te escribo con todas mis fuerzas y se que te llegará a pesar de la distancia:
FELIZ CUMPLEAÑOS MAMÁ
Estamos más que orgullosos de la madre que tenemos y por eso...
Quisiera agradecerte todo tu apoyo y tu alegría que en todo momento me has dado
Uno no elige a sus padres pero para mí sería...
Imposible encontrar una madre mejor:
Empezando por cuanto nos has enseñado y terminando por cuanto nos queda aún por aprender de ti.
Realmente, lo único que lamento es no poder decírtelo personalmente...
O poder abrazarte, pero te escribo con todas mis fuerzas y se que te llegará a pesar de la distancia:
FELIZ CUMPLEAÑOS MAMÁ
martes
Taedium vitae
El aburrimiento. Llamado de distintas formas, traducido en miles de actos inútiles, argumentado en mil debates de causa-efecto y reducido al absurdo. Hastío, tedio, apatía o sopor que nos lleva a la desgana, procrastinación, desesperación. Tantas veces son tantas, las tareas a realizar, que no realizamos ninguna; o deseamos haberlas acabado pero no pensamos en cómo empezarlas. Mandar para otro momento más adecuado, cuando sea más importante y/o su pertinencia sea el mayor. Sólo cuando mañana será hoy valoraremos la importancia de ayer.
Genera mil y uno sentimientos de culpa, autocríticas y no menos excusas o autocomplacencias. Somos condescendientes con nosotros mismos y volvemos a caer. El ocio como peor enemigo, entretenimientos que aburren y tiempos libres que no llevan a nada. También el proceso creativo tiene algo de aburrido, cuando crear es una obligación da un efecto similar al leer por orden de un profesor de escuela; no eres completamente libre a la hora de hacerlo y por tanto no lo disfrutas tanto. Por otro lado, no sabes si por tu cuenta y riesgo lo harías igual, algo que justifica esa falta de libertad.
Nada nos divierte en general. Sorprende como lo que peor sabemos manejar es de lo que más tenemos, de lo poco gratuito y de mayor valor que el ser humano posee. El tiempo. No perder el tiempo. Pasa a todos, debéis saber que grandes directivos y gente de muchos recursos invierten mucho en cursos donde enseñan a gestionarlo. De ahí mi uso del plural. Es una enfermedad social, como ya vaticinaba el mismo Asimov: "En 2014 (y desde antes) la especie humana sufrirá la terrible enfermedad del aburrimiento".
Es algo coyuntural, queremos tanto ocio que no podemos gestionarlo. Paradójicamente, el hecho de escribir este blog para mí es una manera de transformar esa presión de no hacer nada en algo útil, útil a mí en un primer momento y en potencia respecto a un posible lector que agradezca mis textos. Por ello, debo decir que en su justa medida el aburrimiento es sano, las mejores ideas vienen rara vez en momentos de actividad, al menos laboral; mejora el nivel de introspección y es una oportunidad única para salir de tu zona de confort y dar el salto hacia lo que quieres, una intimidad sin cabida a la deseabilidad social y su consecuente presión. Incluso existen repercusiones positivas en aburrirse, psicológicamente demostradas, pero como en todo (incluso en los placeres), los excesos hacen el efecto contrario. No olvidemos que un exceso de algo supone un defecto o carencía de lo justamente contrario. De ahí su negatividad.
"No hay nada más aburrido que un hombre que no se aburre" decía un conocido cantante de hip-hop en uno de sus temas, y en parte es cierto. Es imposible no aburrirse, es aburrido tener siempre algo que hacer y no poder hacer crecer las alas del soñar despierto, del planear onírico o añadir magia transformando acontecimientos en momentos en la realidad cotidiana. Cada uno debe buscar sus propias vías para paliarlo y aprovecharlo, pero no evitarlo. Para mí, esa vía significa llevar siempre conmigo algún tipo de papel y boli, para poder apuntar ideas, conceptos o simplemente dibujar. Buscad la vuestra y veréis como la debilidad del aburrimiento como concepto está sólo asociada a las consecuencias de cómo se reacciona ante el mismo. Probad sin miedo, al fin y al cabo, no habréis perdido el tiempo.
Genera mil y uno sentimientos de culpa, autocríticas y no menos excusas o autocomplacencias. Somos condescendientes con nosotros mismos y volvemos a caer. El ocio como peor enemigo, entretenimientos que aburren y tiempos libres que no llevan a nada. También el proceso creativo tiene algo de aburrido, cuando crear es una obligación da un efecto similar al leer por orden de un profesor de escuela; no eres completamente libre a la hora de hacerlo y por tanto no lo disfrutas tanto. Por otro lado, no sabes si por tu cuenta y riesgo lo harías igual, algo que justifica esa falta de libertad.
Nada nos divierte en general. Sorprende como lo que peor sabemos manejar es de lo que más tenemos, de lo poco gratuito y de mayor valor que el ser humano posee. El tiempo. No perder el tiempo. Pasa a todos, debéis saber que grandes directivos y gente de muchos recursos invierten mucho en cursos donde enseñan a gestionarlo. De ahí mi uso del plural. Es una enfermedad social, como ya vaticinaba el mismo Asimov: "En 2014 (y desde antes) la especie humana sufrirá la terrible enfermedad del aburrimiento".
Es algo coyuntural, queremos tanto ocio que no podemos gestionarlo. Paradójicamente, el hecho de escribir este blog para mí es una manera de transformar esa presión de no hacer nada en algo útil, útil a mí en un primer momento y en potencia respecto a un posible lector que agradezca mis textos. Por ello, debo decir que en su justa medida el aburrimiento es sano, las mejores ideas vienen rara vez en momentos de actividad, al menos laboral; mejora el nivel de introspección y es una oportunidad única para salir de tu zona de confort y dar el salto hacia lo que quieres, una intimidad sin cabida a la deseabilidad social y su consecuente presión. Incluso existen repercusiones positivas en aburrirse, psicológicamente demostradas, pero como en todo (incluso en los placeres), los excesos hacen el efecto contrario. No olvidemos que un exceso de algo supone un defecto o carencía de lo justamente contrario. De ahí su negatividad.
"No hay nada más aburrido que un hombre que no se aburre" decía un conocido cantante de hip-hop en uno de sus temas, y en parte es cierto. Es imposible no aburrirse, es aburrido tener siempre algo que hacer y no poder hacer crecer las alas del soñar despierto, del planear onírico o añadir magia transformando acontecimientos en momentos en la realidad cotidiana. Cada uno debe buscar sus propias vías para paliarlo y aprovecharlo, pero no evitarlo. Para mí, esa vía significa llevar siempre conmigo algún tipo de papel y boli, para poder apuntar ideas, conceptos o simplemente dibujar. Buscad la vuestra y veréis como la debilidad del aburrimiento como concepto está sólo asociada a las consecuencias de cómo se reacciona ante el mismo. Probad sin miedo, al fin y al cabo, no habréis perdido el tiempo.
lunes
Posesiones obsesivas (con Gamoral como punto de partida para una reflexión más amplia)
Un aperitivo de actualidad, de aquella que escasea, una noticia de nota positiva: las obras en el burgalés barrio de Gamoral se paralizan, así como el ya archiconocido proyecto del bulevar. Todo gracias a la presión popular y sin ayuda de agentes externos que han intentado desestabilizar el movimiento ciudadano. Lejos de sacar a relucir que las razones para oponerse a dicha obra eran más que justas o buscar una cierta correlación con el despertar turco por el parque Gezi de Estambul, y a pesar de que mantengan semejanzas; voy a comentar como este acontecimiento me ha hecho reflexionar dentro de un paradigma algo más amplio en lo difícil que es catalogar a algo como de progreso o modernización y lo arduo de aunar diferentes puntos de vista en una época en la que el divario entre extremadamente ricos y mayoritariamente pobres es cada vez más hiriente, como la actual.
El caso de Burgos y las empresas asociadas al señor Méndez Pozo, suenan bastante extrapolables a todos y es que las grandes obras de todo el país aunque aparentemente son realizadas por diferentes empresas o a través de concursos garantes de una libre competencia que nunca es tal; los beneficios de dichas obras recaen casi siempre en pocas manos. Es una constante, una corrupción tan encubierta como legal, pero no legítima.
Desde la aparición de la noción de la propiedad privada, el ser humano ha tenido que elegir como organizarse, como conjugar libertades, derechos y obligaciones con la misma y el papel que el colectivo, personado en el concepto de Estado, tiene frente a la misma. Así hemos pasado por sistemas de intervecionismo en que cada país tenía su empresa de todo: gasolinera, transportes, de telecomunicaciones... con un único problema: la situación de claro monopolio y la falta de competitividad.
Así pues, surgieron dos alternativas: el comunismo (o bien, la abolición de dicha propiedad privada) y el liberalismo, la libre competencia, base del capitalismo actual, que acababa con el intervencionismo y de partida con los monopolios. Competitividad es un concepto entendido como positivo. En realidad no lo debería ser, no necesariamente. Para grandes obras existen concursos públicos a los que cualquier empresa podría presentarse ¿entonces por qué siempre ganan los mismos?
Para responder a la pregunta anterior basta con que las condiciones para participar en dicho concurso se hagan a medida de quien se pretende ganar, es decir, convocar un concurso cuyos requisitos sólo puedan pasar unos pocos y que ¡voilà! cuyos beneficios irán siempre a los mismos bolsillos.
No digo que esto sea una norma, ni que el sistema entero sea corrupto, es una consecuencia negativa del consabido "hecha la ley, hecha la trampa" y es inherente al ser humano, tanto como la codicia o el egoísmo. La pregunta llegados a este punto es obvia ¿Cuál es la alternativa?
Reformular el sistema económico-social no tendría sentido sin una renovación moral. Mientras nos parezca legítimo que una persona pueda percibir al mes un dinero con el que vivirían familias enteras durante un año cualquier cambio que hagamos o pidamos es inútil. Por ello, un primer (aunque no el único) paso útil en esta dirección sería el plantearnos la necesidad o no de imponer un sueldo máximo, algo que ya mencioné en una anterior entrada.
En cuanto a sistemas, alternativas hay, todos con sus pros y contras; depende de como los interpretemos. Un sistema bastante justo (en mi opinión) respecto a la propiedad privada parece el basado en el Procomún que no se debe confundir con el comunismo o ideologías de izquierdas, sobre el que se han basado civilizaciones como la griega (que debido a su carácter tirano, oligárquico y esclavista dudo pueda ser calificada como de izquierdas) aunque dicho sistema se pervirtió, como le sucede al nuestro. Simplemente da una respuesta diferente; ni todo es propiedad privada ni niega dicha posibilidad, simplemente hay cosas que deben ser propiedad colectiva, pública y universal para mejorar la convivencia entre humanos. Y este es el punto donde quería llegar, porque por encima de ideologías o demagogias debería primar ésto, lo humano, la convivencia con nosotros mismos y con nuestro entorno. Pero no es precisamente en lo que el debate político o la crónica socio-económica pretenden que nos centremos.
El caso de Burgos y las empresas asociadas al señor Méndez Pozo, suenan bastante extrapolables a todos y es que las grandes obras de todo el país aunque aparentemente son realizadas por diferentes empresas o a través de concursos garantes de una libre competencia que nunca es tal; los beneficios de dichas obras recaen casi siempre en pocas manos. Es una constante, una corrupción tan encubierta como legal, pero no legítima.
Desde la aparición de la noción de la propiedad privada, el ser humano ha tenido que elegir como organizarse, como conjugar libertades, derechos y obligaciones con la misma y el papel que el colectivo, personado en el concepto de Estado, tiene frente a la misma. Así hemos pasado por sistemas de intervecionismo en que cada país tenía su empresa de todo: gasolinera, transportes, de telecomunicaciones... con un único problema: la situación de claro monopolio y la falta de competitividad.
Así pues, surgieron dos alternativas: el comunismo (o bien, la abolición de dicha propiedad privada) y el liberalismo, la libre competencia, base del capitalismo actual, que acababa con el intervencionismo y de partida con los monopolios. Competitividad es un concepto entendido como positivo. En realidad no lo debería ser, no necesariamente. Para grandes obras existen concursos públicos a los que cualquier empresa podría presentarse ¿entonces por qué siempre ganan los mismos?
Para responder a la pregunta anterior basta con que las condiciones para participar en dicho concurso se hagan a medida de quien se pretende ganar, es decir, convocar un concurso cuyos requisitos sólo puedan pasar unos pocos y que ¡voilà! cuyos beneficios irán siempre a los mismos bolsillos.
No digo que esto sea una norma, ni que el sistema entero sea corrupto, es una consecuencia negativa del consabido "hecha la ley, hecha la trampa" y es inherente al ser humano, tanto como la codicia o el egoísmo. La pregunta llegados a este punto es obvia ¿Cuál es la alternativa?
Reformular el sistema económico-social no tendría sentido sin una renovación moral. Mientras nos parezca legítimo que una persona pueda percibir al mes un dinero con el que vivirían familias enteras durante un año cualquier cambio que hagamos o pidamos es inútil. Por ello, un primer (aunque no el único) paso útil en esta dirección sería el plantearnos la necesidad o no de imponer un sueldo máximo, algo que ya mencioné en una anterior entrada.
En cuanto a sistemas, alternativas hay, todos con sus pros y contras; depende de como los interpretemos. Un sistema bastante justo (en mi opinión) respecto a la propiedad privada parece el basado en el Procomún que no se debe confundir con el comunismo o ideologías de izquierdas, sobre el que se han basado civilizaciones como la griega (que debido a su carácter tirano, oligárquico y esclavista dudo pueda ser calificada como de izquierdas) aunque dicho sistema se pervirtió, como le sucede al nuestro. Simplemente da una respuesta diferente; ni todo es propiedad privada ni niega dicha posibilidad, simplemente hay cosas que deben ser propiedad colectiva, pública y universal para mejorar la convivencia entre humanos. Y este es el punto donde quería llegar, porque por encima de ideologías o demagogias debería primar ésto, lo humano, la convivencia con nosotros mismos y con nuestro entorno. Pero no es precisamente en lo que el debate político o la crónica socio-económica pretenden que nos centremos.
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