domingo

Raíces y ceniza

Cada 4 o 7 meses, las errantes raíces flotantes encuentran tierra. El alma aterriza sin sobresaltos y, por fin, recuerda que hogar es la familia, y que con ellos el tiempo, de lineal, se convierte en esfera. Maravillosa, brillante, henchida de fantásticos reflejos, que encandila, que nos llena vida plena. Cada 4 o 7 meses, intercalados de otoños y primaveras.

Otra vez, raíces que vuelan y aterrizan suavemente, otra vez la misma sensación: ceniza en la garganta, sudor templado y el vértigo de un halcón que olvidó en pleno vuelo lo lejos que queda la tierra.

De buenas raíces nacen buenos troncos, buenas flores, frutas buenas. Flores cuyos pétalos sufren heladas y sequías, que esperan y no desesperan, manteniendo perseverantes su néctar intacto para cuando acabe la espera.

¡Ay, raíces errantes! Ahí encontraréis cobijo. En el aire de cada risa, en el salpicar de cada baño, en el trepitar de cada chispa o en la caricia suave que os espera, mi ninfa y mi perla. Otra vez volar, para desde arriba coger oxígeno y volver de nuevo con la lengua fuera. 

Como cada 4 o 7 meses. Las raíces se trasvasan, sí, pero nunca pierden su fuerza.

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