Recordaré siempre esa mirada impertérrita al paso del tiempo, que parecía mirarte directamente al alma, a través de esos ojos a caballo entre azules, verdes y el color de la miel. "Hay tiempo para todo. Para lo serio y para las chalauras" solía decir cuando en una situación, correspondía mantener la compostura. Hablo de una mujer, para mí, estandarte de la fortaleza interior y con un sentido del humor intachable, que se desvivía por su familia y recordaba su infancia con una ilusión que transmitía mediante sus recuerdos a quien le escuchaba. Como su orgullo por haber nacido a las faldas de la Peña de los Enamorados o su eterno aprecio por la vida en el campo. Resistió con la máxima entereza malos tragos, como la muerte del amor de su vida o como, lo que debe ser la peor de las amarguras en esta vida, la pérdida de uno de sus hijos. Me encanta recordarla en un día como hoy, aunque siempre la tengo presente. Con esa mirada y con esa sonrisa; y, a pesar de que el porqué de estas líneas sea triste, puedo esbozar una sonrisa porque ya descansa en paz junto a mi abuelo. Pero sobre todo, porque sigue viva dentro de cada uno de sus hijos y nietos. Hay personas que dejan huella en tí, pero la suya además tiene la peculiaridad de ser imborrable, como la intensidad de su densa mirada.
Hoy es un día en el que pesa la distancia geográfica más que nunca. Te echaré mucho de menos, abuela.
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