Con 16 o 17, con el cambio de voz se esfuman los sueños de ser cantante. A los veintitantos la intuición de que no llegaré a ser actor.
A los 30 la seguridad en la vida de que nada de lo anterior importa, la constatación vital de que no quisiera fama ni excesiva fortuna. Que la vida son momentos, momentos compartidos en buena compañía, y para eso "sólo" hace falta tiempo. Nada más y nada menos.
Ahora, a los 35, observando el oleaje y su resaca y el marmóreo atardecer arenoso en el horizonte, constato que no seré nada de lo anterior. Que mi posteridad será mi recuerdo y el de quienes me quieren. Que en mi hermana, en mi mujer, en mis padres, en mis hijas, vivo será mi recuerdo. Nuestros momentos, nuestro tiempo.
Todo ello no quiere decir que a los 35 años no existan más proyectos, la vida sigue y la vida es sueño. Quiere decir que tengo la madurez suficiente para saber lo feliz que soy; pero lo suficiente joven para querer seguir siempre creciendo.