Existen dos tipos de persona a la hora de dormir: los que no soportan el frío rodeando sus pies mientras duermen, y por ello, tienen la imperiosa necesidad de tenerlos cubiertos; y los que, como yo, preferimos la sensación de libertad, manteniendo los pies nudos entre las sábanas. Puede que, por mi desliz al olvidar quitar mis calcetines, o probablemente no. Pero aquella noche parecía especial. Nunca fui insomne, ni me preocupó lo más mínimo ese asunto. No obstante, por alguna desconocida razón, prefería mantener los ojos abiertos, la consciencia despierta, y mi piel alejada del suave y cálido tacto de la franela.
Giré con la, en ese momento, menor torpeza posible la manilla de la puerta. Abriéndola con el sigilo y cautela de quien arropa en su cuna a un neo-nato, que por fin ha caído en una somnolienta tranquilidad. Mientras atravesaba el pasillo, inmerso en la oscuridad, millones de pensamientos aparecían y se esfumaban con la inmediatez de lo efímero; algunos lógicos, otros no tanto. Aunque todos parecían ser tomados en consideración por alguna parte de mi mente. Era extraño estar en esa sala de estar en la que, a la luz del día, es lógico permanecer horas enteras; pero ahora todos duermen, y yo seguía allí, pensativo; preguntándome si al encender la tele el ruido sería demasiado excesivo o lo que pensarían todos si se despertaran y me encontraran aquí en medio, en la sombra y ensimismado en mi propia indecisión.
Después de unos minutos en los que decidí, con la más que notable parsimonia que da un contexto tan raramente silencioso, cual sería la luz más conveniente para encender y no molestar a quien duerme plácidamente y es ajeno a toda esta historia.Veo un bolígrafo al borde de la mesilla y a su lado una pieza de papel. Con total seguridad, habría mil cosas más urgentes que hacer en aquel momento y que había dejado lastradas con el angustioso devenir de los días, sobretodo en este periodo; pero esto era lo que necesitaba hacer. Y ahí estaba. Con la perplejidad con la que se admira algo que siempre se ha deseado, pero que, por una razón u otra, es de lo que más se adolece. Era el momento, en tiempo y lugar perfectos (al menos para mí), para encontrarme nuevamente con el placer inmenso de la escritura nocturna.
Y así sucedió, uno de tantos momentos de este tipo. Aquel que recuerdo por su peculiaridad y que desencadenó una serie de noches en vela en pos de la escritura nocturna, con tiempos diversos y un silencio sepulcral que llama a la concentración más absoluta; la perfecta intimidad entre quien escribe y la hoja en blanco, donde la mente se desliza con las graciosas punciones de la tinta sobre el papel. La auténtica libertad, la mejor manera de volver después a la cama pensando: "...¡y buenas noches!"
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