viernes

Un día en el nuevo mundo

Amanece con el sabor a ceniza en las entrañas, la pereza y la apatía solo se ve superada por la aplastante rutina, la homologación y la esperanza de que algo cambie. En la calle poco cambia: el tiempo está detinido, las conversaciones son idénticas desde meses, como guionizadas; los actores saben como y cuando cambiar sus caretas: cuando toca esperanza, cuando preocupación, cuando condescendencia y sobretodo como de paternalista ha de ser el discurso. 

La hora de comer se sazona con el irremediable deporte de masa: infoxicarse de titulares, que no noticias. Fagocitar y facilitar la tendencia clickbait de titulares impactantes basados en estudios parciales o no verificados del todo. Hipótesis que se transforman en lapidarios titulares y así un día creo una cosa y al otro la contraria. 

Polarización de sobremesa. Negacionistas del Covid contra negacionistas de los efectos adversos de las vacunas. Y en medio a ellos, el razonamiento lógico de cada uno, con elementos verificables se ve aplastado. Deducciones gratuitas e inducciones ad personam que se pierden con el viento. Viento que se va, cada día y se lleva el tiempo en sus brazos. Ese rutinario constructo perdido en este día entre desesperación por un mundo inmerso en un caos sin futuro y la última banalidad mundial a la que prestar atención y desechar al dìa siguiente. El entretenimiento nunca fue tan de masa. La falsa libertad de elección del streaming o las redes sociales hacen el efecto del burro con orejeras. Y pido disculpas a los burros. 

Atardece en plena región del cansancio. El hastío supera la apatía, tanto que parecieren almas gemelas. Por fin tiempo libre para ser libre y recomponer la falsa libertad desperdiciada antes. Aquí gana quien sabe buscar sonrisas y encuentra abrazos. Quien, cómplice con el rojizo atardecer, sabe esperar para disfrutar de la iluminada muesca burlona lunar

La sobremesa de cena, la sobrecena. Zona para valientes. El sueño sustituye al hastío pero el tempus fugit cataliza nuestra energía. Hay tanto en que pensar que el pensamiento desborda; hay tanto que escribir que la pereza asola. No es miedo a la hoja en blanco, es parálisis a la abundancia de ideas y la escasez de estímulos. Y el ser consciente de que el día se acaba, y de que el siguiente no será igual, que no dejará las misma sensaciones. Que irá mejor. Relativizar. Respirar. Dormir. 

Después amanece, que no es poco. Y la acumulación de amaneceres hace macerar en el alma las ganas de transpirar lo que todo tu ser te pide, y con el sol o con la lluvia, llega el momento en que la mente fluye; y los dedos responden; y la pereza y la apatía no ganan. Y la vida sigue y seguirá, siempre y día a día siendo merecedora de ser vivida con el máximo de energía mental.

Vuelvo a escribir. O mejor dicho, vuelvo a publicar aquí. El 90% seguirá sólo escrito a mano en alguno de mis cuadernos; pero esto quiero externalizarlo. Me doy la bienvenida de nuevo a este espacio: Brainsploiding. Nunca debí abandonarlo.

lunes

Caricias de (ir)realidad

Son sombras ombrosas que pasean sin destino. Son amarguras vividas desapercibidas. Son ojos tristes que evitan cruces de miradas, sonrisas tapadas, ilusiones perdidas y esperanzas inhibidas. 

Con dos brazos que caen a ambos lados del cuerpo como péndulos, que de gel solo se alimentan y han olvidado abrazar. Son brazos blandengues porque solo se cruzan indignados o golpean mesas desesperados, o colocan el antifaz que nos recuerda nuestra penitencia. 

Somos animales que no ven sonrisas, no hablan con claridad los labios sellados, ni sienten el perfume de la primavera. Pero sobre todo, somos el tacto negado. El TACTO. El contacto indispensable

Es el primer sentido a través del cual conocemos el mundo. Y el último en desaparecer cuando dejamos flotar el último suspiro. Los enfermos de esta pandemia sufren pérdida de olfato y gusto. Pero a la entera humanidad (enfermos o no) nos han privado del mayor órgano de sentido

Está científicamente demostrado como el tacto de enfermeros y médicos ayude psicológicamente al enfermo en su proceso curativo y como la privación de abrazos y mero contacto físico en los años noventa, llevó a déficit cognitivos a niños de un orfanato rumano.

No sentimos la piel, no nos sentimos bien. Sin dopaminas ni endorfinas. Desangelados, siempre conectados; pero fuera de cobertura de nuestro propio ser. El tacto negado, el sentido olvidado. Los abrazos que se rompen en pedazos. Lienzos de una vidas de los que apenas se intuyen trazos.

Hoy no tengo un colofón a este post. Solo el deseo de volver a tocarnos.

jueves

Anorexia mental y bulimia autocomplaciente

Y entonces, el mundo cambió; aunque 2021 llega ya tarde para ver ese cambio.

Hoy toca reflexión personal, lo siento. Observo que el trabajo desde casa, el famoso smartworking, suena moderno pero deja regustos carcomados a viejo. Sinestésicamente, su melodía suena siempre a rutina. Cambian los escenarios y vestuarios de esa rutina, a la vez que aumenta el vacío, la sensación de socialización pérdida, la similitud de los días... Como si se dejase de ser parte de algo mayor, de estar integrado en algo mejor, de no ser más que una célula perdida y despojada de tejido en el que convivir. Como si la vida fuese inercia pura, sin más.

Cierto es que esta visión puede ser resaca de los meses que van desde septiembre hasta diciembre son los más plúmbeos en terreno laboral para mí; pero no es menos cierto que la apatía que actualmente nos invade se ha visto acentúada por la situación actual, que en mi caso (y en muchos) parece que ha venido para quedarse.

Esta rutina derivada en apatía crea, en mi opinión, una especie de anorexia mental de la que es difícil escapar. La falta de estímulos acompañada por el periodo histórico con más distracciones posibles, provoca un recreo en la banalidad (horas mirando el móvil) y un sentimiento de culpa de crisis nerviosa. Somos, en apariencia, amos de nuestro tiempo, más que nunca. Podemos aprovecharlo para hacer esas cosas que casi nunca podíamos en la oficina y adecuar los horarios a la propia vida personal. Muchas veces, acabamos haciendo lo contrario y, más bien, debemos adecuar nuestra vida personal a los horarios del propio trabajo. El peligro es obvio, con la apatía como norma se llega al punto de ver algo que la rompa como una temeridad.

Soy consciente de que estamos ante un cambio de paradigma, que esta sensación de extrañeza es temporal, que aunque en mi caso trabajaré siempre a distancia; las modalidades prácticas se irán amoldando y evidentemente hay tanto de positivo. No pretendo lamentarme de un problema nimio de primer mundo como éste, sino traer a la luz, algunas de las consecuencias que creo que acarrea. 

Esta falta de socialización y de cambio dinámico de escenario vital nos lleva a una especie de anorexia mental que intentamos colmar de distintos modos. Uno de ellos es el consumo exacerbado. Observo que llega un momento en el que pedir algo online, inscribirse a una plataforma de streaming o cualquier otra experiencia de consumo nos da la falsa sensación de libertad, de hacer algo más que trabajar, comer y dormir. De volver a controlar los días y las horas. Al fin y al cabo, recuperar la sensación de socializar. Eso sí, con nuestra identidad online dado que no podemos con la física y en un contexto distinto a la chat, ya canibalizada por el trabajo. 

Y es la identidad online o digital, el segundo punto que observo que ha evolucionado. No sé si para bien o para mal, pero ha cambiado para siempre. Hace unos meses escribía en este mismo blog sobre la identidad online y como, a veces, superaba a la física o real. Actualmente, pienso que nuestra identidad virtual ha superado y está ya más presente en nuestra cotidianidad respecto a nuestra identidad física. Llegando al punto de poner en duda cual de las dos debiera ser considerada real

Y el ciclo da inicio cada mañana y concluye cada noche. En la cama con mil pensamientos y cosas que hacer, que bien intuyes que no se harán. Hace tiempo, en marzo de 2020, escribí un post en que reflexionaba sobre como la situación de confinamiento nos había puesto en frente a un gran fuego, donde crear y reinventar. De ese fuego ahora quedan ascuas, que aprovechamos por ahora para hacer barbacoa y seguir tirando. Hemos de avivar ese fuego, hemos de encontrar nuestro lugar en esta nueva normalidad y no podemos tardar mucho en encontrarlo. De hecho, ya llegamos demasiado tarde...

martes

Cronología del devenir de nuestra historia futura

Nos atacan, nos defienden y esperamos a que suceda quién sabe qué. Siento que pertenezco a una generación que, con suerte, no vivirá los horrores de una guerra en sus carnes, pero que sufrirá una situación de posguerra psicológica continuada. 

No nos atacan y nos defendemos como podemos. Esperamos un salvador externo, algunos, un click que nos devuelva a la vida de 2019; los otros. Miramos nerviosamente el teléfono, noticias y evasión. Hasta que gana la evasión y mandamos hacia adelante lo que hemos o queremos realmente hacer. Hasta más ver, hasta lo que espere cada uno, salvador o click, en un eterno purgatorio. 

Respiramos preocupados, vivimos en tensión y odiamos por entretenimiento. Tememos el confinamiento de nuevo, pero, llamadme loco, observo como en lo más profundo de muchos, de algún modo, lo esperan (e incluso desean). Adictos a que sea obligatorio lo excepcional y que lo que debería ser excepcional sea cotidiano

Entre tanto, TODOS, y perdón por las mayúsculas, buscan medidas al corto plazo. Todos piensan en la economía cortoplacista, en llevar el plato de comida hoy. CASI NADIE (mis disculpas) gasta un minuto de su tiempo en pensar en el futuro, incluso inmediato. La dispersión y fracaso escolar no pueden que aumentar en este contexto. ¿Alguien ha pensado en la infancia nefasta que tendrán las próximas generaciones con el prolungarse de este status quo? ¿Qué clase de adultos saldrán? ¿Qué potencialidad, enriquecimiento mutuo y poder de jugar primero e imaginar después les estamos negando?

Siento que estamos en una burbuja a la que buscamos la linde, creyendo que en septiembre todo cambia o quizás con la llegada de 2021 todo será solo un mal recuerdo. Puede que sea un refugio psicológico, pero ese pensamiento carece mucho de un futuro no ya mejor, sino, al menos parecido, a lo vivido por nosotros en el pasado. 

No sé la solución, porque no la hay. Sé que la estrategia para llegar a algo parecido debe pasar por el futuro y no sólo por reaccionar a expensas de lo que pase mañana. Partiendo de ahí las tácticas son más claras: intentar escapar de la burbuja de atemporalidad y que la educación y la escuela sean prioritarios. No puedo entender que el turismo y el ocio nocturno, ambos importantes en el corto plazo en la mentalidad anterior a 2020, prevalgan sobre lo que realmente vale y valdrá para nuestro futuro como sociedad, en primera instancia; como especie, en última. 

Por si fuera poco, en pleno 2020 no nos nutrimos con energías renovables y continuamos a romper el subsuelo de parajes naturales en busca de energías que no pueden hacer otra cosa que empeorar la situación.

Nos atacamos, no nos defendemos y esperamos estar entretenidos al máximo cuando el apocalipsis finalmente llegue hasta nosotros.

miércoles

El villano inexistente a los ojos de mi ninfa

Hace mucho que pienso, que el problema no es el régimen político (aunque algunos contribuyan más a la causa que otros) ni el contexto socio-económico y cultural, a pesar de que influya muchísimo. Pienso que desde el Neolítico, desde el inicio de las primeras sociedades, el problema es el ser humano en sí y su búsqueda de poder.

En la sociedad moderna y a falta de depredador, el dinero funciona como selección artificial neodarwiniana. Tener más capacidades adquisitivas te hace más propenso a sobrevivir y vivir mejor (al menos cuantitativamente, cualitativamente la historia puede cambiar). El problema del poder no es la lucha por tenerlo, sino el ahínco continuo por mantenerlo y no perder una mínima cuota bajo ningún concepto.

En este mantener el poder, por poco o mucho que sea, contra viento y marea, para mí se halla el florecimiento de la maldad del ser humano. Nadie obvia que esa maldad exista. Ningún adulto. El problema es cuando debes explicarlo a una niña de 5 años.

Se hace realmente cuesta arriba cuando, viendo el Ministerio del Tiempo, aparece representada la figura de un dictador genocida y nuestra expresión facial (la de sus padres) de repugnancia se hace tangible e inevitable. Nos pregunta por qué y le respondemos que porque era un tirano; una persona que gobierna sometiendo violentemente al pueblo. Una persona que es mala con la gente a la que gobierna.

A una niña de 5 años le cuesta entender y aceptar esto. Le cuesta creer que vivamos en un mundo tan maravilloso y que, no obstante, exista una maldad tan pura que lo arruine. Es simplemente así.

Recuerdo, aún, el período en el cual le gustaba jugar al escondite en lugares públicos (sin decírmelo) y desaparecía momentáneamente de mi vista en parques y centros comerciales. Inútil explicar el microinfarto instantáneo. Cuando aparecía yo le explicaba que no me gusta que se esconda fuera de casa sin decir nada, que no es buen juego. Evidentemente ella me preguntó por qué. Yo me vi abocado a responder que me daba miedo que se perdiera.

Ella reía y decía: "no me voy a perder, conozco este sitio" y yo le decía, tengo miedo también de que te encuentre alguien malo. Su respuesta era tajante e inocentemente meridiana "Babbo, no existe la gente mala".

Desarmante. Ojalá fuera cierto, mi ninfa, que no existe maldad congénita en el ser humano, pensé. Los niños pueden llegar a ser muy egoístas, pero nunca malvados como un adulto. Es un tópico, pero es muy duro aceptar que esa maldad existe y saber que tarde o temprano ella también la percibirá.

Su generación es distinta, en clase dos tercios de sus amigos son de ascendencia maghrebí, africana y asiática; los niños no notan diferencia y juegan todos juntos. Tengo auténtico pavor de que un día descubra que existen ciertos ignorantes (algunos con preocupante cuota de poder) que odian a su amigo Abdoul, simplemente por el hecho de existir, por sus rasgos fenotípicos. Por simple y llana maldad, porque el odio une a los acólitos de turno en torno a su figura y le permite mantener el poder.

Algunos dirán que saber estas cosas es un golpe de realidad. Curioso, sin embargo, que para una niña de 5 años, que exista la maldad humana, es sólo una fantasía más. Ojalá su mundo, el de los niños, nunca nos dejara y eso fuera verdad.

viernes

La altiva voz interior del vacío

El grande cuervo mira, observando su próxima presa. Durante minutos, horas y días se dedica a contemplarla. En silencio, de noche, vigila su absurda cáscara, mientras piensa en devorar sus entrañas. Su presa no es su víctima, será víctima de otra fiera. El grande cuervo no cazará, ni será el primero en probarla. Su víctima no es suya, pero una vez muerta, los restos, su caroña, lo que queda, será su banquete. Bajo la luz de la luna, será su coartada.

Esa coartada, en la sabana, pasa inadvertida. Como una cadena trófica que se concluye, como una estrella fugaz que desaparece en la nada. En el infinito absoluto del universo, que de infinito que es cuesta imaginarlo. Por tanto, para nosotros es como la nada.

En ese dualismo nos movemos. Entre conjunto vacío e infinito. Infinito universo en el que predomina la nada. Entre la responsabilidad de lo colectivo y el egoísmo de carroñera causa. Entre el efímero placer perecedero y el merecido descanso tras la labranza. El sol se pondrá de nuevo y la luna saldrá a su madrugada. El mundo seguirá girando y aquí no habrá pasado nada.

Habrá, sin duda alguna, quien lance la voz de alarma. Como el gallo en la mañana, alertando de que se acerca una gran esfera dorada. Apresurándose y coloreando lo que queda de noche estelada. Pasará todo esto y mucho más, y al mismo tiempo; no pasará nada.

El cuervo volverá a su agujero, la presa seguirá siendo devorada. La luna será testigo y la noche esconderá nuestras caras. Luego cantará el gallo y nos daremos cuenta de no tener nada. Porque confundimos tener con ser, porque devoramos toda esperanza. Perdimos el norte en la duda, de si buscarnos y dejarnos guiar. Cuando pase el vendaval, la polvareda se depositará en nuestras casas.

Y antes de dar el primer paso, mucho antes de pensar en dejar tu morada. Piensa en tu naturaleza, piensa en el tiempo que pasa, busca un lugar que sea tuyo. Ni seguro ni de escapada. Piensa si quieres ser un grande cuervo o si la presa observada. Pienses lo que pienses, actúa. Si no actúas, lo que hayas pensado, no servirá para nada. 

miércoles

Historia de la creatividad humana en torno al gran fuego

El origen es, en su mayor parte, una gran incógnita. Y me parece justo que así lo sea. Un accidente con probabilidades ínfimas de éxito provocó la vida y un sistema interconectado habitable, la adaptación y evolución de las especies hizo el resto.

Marzo de 2020, Italia. En pleno confinamiento por el coronavirus, hemos encontrado preocupaciones que ni sospechábamos pero también tiempo que no recordábamos que teníamos. Con ese tiempo, uno puede escribir y leer más. Y pensar mucho antes de actuar. Existir más allá de la vida cotidiana.

Estos días, me hallo inmerso en la lectura de un maravilloso ensayo regalado por mi querida hermana: Los orígenes  de la creatividad humana del biólogo y entomólogo Edward O. Wilson.
En el capítulo del nacimiento del Homo Sapiens como animal puramente social hubo algo que me sorprendió. Partimos de un origen común que desemboca, por un lado, en los actuales chimpancés y sus hermanos algo más avanzados los bonobos. En la otra ramificación, la que nos interesa y ocupa por razones obvias se suceden: Homo habilis, Homo erectus o Austrolopithecus, que son algunos de los teloneros del grupo principal, hasta el momento: el Homo Sapiens de hoy.

Los cazadores-recolectores, nómadas por naturaleza hasta el nacimiento de la agricultura, vivían en una sociedad poco cohesionada hasta el advenimiento de dos grandes factores. El primero fue el paso a una dieta prevalentemente carnivora (lo siento por los veganos), pues nada cohesiona más que enfrentarse a un enemigo común, en este caso, a una presa común.

El segundo y, probablemente más importante, es el descubrimiento y posterior control del fuego. Estudios actuales en tribus aun existentes en la actualidad avalan la tesis que expongo: durante el día las conversaciones entre miembros de la tribu eran impersonales y meramente técnicas en lo inherente al mero hecho de cazar. Sin embargo, durante la tarde y noche, alrededor de un fuego, las conversaciones empezaban a ser más personales y metafísicas. Más narrativas. Leyendas de grandes cazadores y epopeyas que se narraban y repetían en forma de canciones, nacieron y se quedaran entre nosotros.

Alrededor de un fuego se gestó el nacimiento del arte. Yo creo que no gracias al fuego, sino gracias al límite que el mismo fuego suponía en ese momento. Esta última afirmación es conclusión mía personal. Y me explico. El fuego servía para espantar a las bestias y mantener los cuerpos calientes. Se encontraban los miembros de la tribu relajados, alrededor del mismo, con este fin pragmático.

Pero es, entonces, que de un límite nace la creatividad. Dando un salto evolutivo a nuestros días, el gran Ignatius Farray defiende que los límites, en su caso, los límites del humor deben existir. Pues, una vez sabidos estos límites, el oficio del humorista será acariciarlos y hacer equilibrios sobre tales límites, sobrepasándolos a veces en ciertos contextos. Si no los hubiera no podría existir el humor, tal y como lo entendemos.

A pesar de no estar del todo de acuerdo, pensándolo bien, uno de los principales motores de la vida es su único y gran límite. Si no existiera la muerte pienso que muchos procrastinarían aún mas. Si fuésemos inmortales, quizás no encontraríamos sentido en vivir el momento, en amar a los demás o en crear arte.

El arte y la creatividad humana nace para ser inmortal, en un mundo tremendamente mortal. El límite ayuda a una expansión ilimitada e infinita. Una vez más un dualismo platónico de opuestos que se compensan. Y al final, las humanidades se generaron alrededor del fuego, el origen de todo lo humano, desde el punto de vista creativo, tuvo lugar frente al límite espacio-temporal del fuego. Como actualmente lo tiene frente a otros límites, confinamiento anti-pandémico incluso.

Parafraseando el planteamiento de Heráclito de Efeso hace más de 2500 años: El fuego es la materia, el substrato de todas las metamorfosis, la conexión universal.

lunes

El iluminismo nublado

Vivimos en años de lo irracional. Años en los que el nacionalismo arrasa y el individualismo, más. Con poblaciones que se quejan más por la cancelación de una serie en Netflix que por las bombas en Idlib, las chabolas de jornaleros en Murcia, Huelva o Almería o las muertes en el mar.

Lo hemos conseguido, hemos llegado y posiblemente superado el máximo nivel humano de inhumanidad. Asustados por un virus e ignorando el resto del mundo, y así nos va. Diez años, han pasado desde la irrupción más mediática de fascistas violentos en la política europea reciente. Amanecer Dorado, fue el partido, ahora casi desaparecido y judicialmente culpable de muchos delitos. Pero cuya inhumanidad al prójimo debió calar hondo, los derechos humanos están bajo mínimos en todo el mundo.

Como la máquina de fango de Umberto Eco, personas y partidos pasan pero las ideas, como el fango, se quedan. A mancha de leopardo, por desgracia, prosperan. Nada de esto explica, lo que se vivió ayer en Lesbos. Personas que amenazan a voluntarios, que aguardan y apalean a personas que escapan de la guerra. Sobrevivieron a una precaria travesía en el mar y ahora se enfrentan a la tiranía de la violencia ignorante europea. Violencia casi organizada, que a las mafias libias nos recuerda.

Es terrible y temible, que odisea tras odisea, siempre pierdan los mismos. Y aunque la reacción de buenas personas no cesan, desfallece nuestra fe en la tierra y en las personas que lo pueblan. Nos creemos libres por poder elegir nuestro diversivo, en que modo ignorar el sufrimiento ajeno las próximas 24 horas. Es un error y un horror. Un peligroso desierto con una tempesta en calma. Y por desgracia, esta vez, dicen más unas pocas imágenes que 293 palabras.