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miércoles

Sueños retóricos de una noche de octubre

No necesariamente siempre se va adelante cuando se avanza, ni siquiera si la dirección es justa, no es sinónimo de haber crecido, saber o detener en sí el concepto de haber aprendido lo que se sabe que años atrás querría tener aprendido. Una virtud nueva, algo que te eleve sobre los chavales nuevos, una experiencia que sea un grado, un grado que sea tangible, una prueba de que crecer no ha sido en vano y de que se puede hacer la diferencia.

Un constante demostrar cuanto se es independiente, cuando no hay mayor dependencia que sentirse en la obligación moral de demostrar lo contrario. El agravio de ver que nada cambia, si nada cambias. El sollozo mudo que ensordece tus sentidos y confunde tu mente que, jalonada entre fantasías, cree saber más de lo que la propia mente cree que sabe. El sentido de ser eterno en lo perecedero, la necesidad humana de ser recordado o reconocido, dar un apellido adecuado a un gran nombre como vida. Dar un sentido al dolor, al dolor que produce el paso del tiempo. Entender el significado en un Tic para desaprenderlo en un Tac.

Después vienen tiritas y corazas, megalomanías recurrentes, que no son más que parte de lo mismo. Lo orgánico, el equipo y cada uno de sus individuos. La cercada visión del detalle pero en un contexto global, holístico. Tampoco es imprescindible entender el porqué o el cómo, ni sentirse en el derecho de tener una opinión sobre cada cosa. Cada persona es ella misma y sus circunstancias, con la cotidiana pseudo obligación a amar las cosas y usar a las personas. La historia es ignorante, pero también arrogante. Nuestra mente y recuerdo selectivo, y el corazón silencioso.

El tedio se transforma en hastío cuando la primavera pasa, porque muchas veces nada avanza precisamente por el hecho de hacerlo en círculos. Echar la vista atrás es un sinsentido, una droga que nos acecha. Queremos demostrar cosas que no entendemos, aprehender la inmensidad del infinito en cifras enteras, vivir arrogantes con humildad en la coraza. Dar pasos en el vacío pensando en avanzar al son del compás que marca el tiempo. Tiempo arbitrario y caprichoso que nos hace caer en tópicos huecos pero de piel maciza. Para al final, descubrir asperezas en una realidad que se suponía sedosa o, al menos, eso quisimos haber aprendido.

jueves

Como, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor

Una conversación en ambiente distendido con mis compañeros del trabajo italianos, ha tocado, aunque sin ser conscientes el tema al que hace referencia el título, por cierto parafraseado de todo un mago de las letras como lo fue Jorge Manrique. Trataba sobre si echaban de menos la época universitaria pasada, hace mayor o menor tiempo; o bien, preferían trabajar. Muchos han sido los argumentos y las ópticas para ambas preferencias, analizando pros y contras de cada una de ellas, teniendo en cuenta, claro está, las motivaciones que movían a cada una de esas personas en aquellos momentos, muy seguramente, diversas a las que les pueden mover hoy en día. La conclusión, siempre es la misma, cada época tiene sus cosas buenas y malas, afirmación obvia, de perogrullo, pero que no es más que un pasaje para llevarnos a la acertada consecución a la que ya llegó hace mucho un señor llamado Einstein en el campo de la física y que desde tiempos presocraticos ha sido pensada: todo es relativo.

Si hay alguna razón por la que recordamos el pasado de una manera perfecta o, al menos, idealizada, es porque pertenece a algo cerrado, un tiempo concluso y finito, y por lo tanto observable desde distintas miras (aunque no todas,ya que siempre serán miras subjetivas); de aquí que lo negativo de aquel pasado, se suela minimizar ensalzando lo positivo de esta manera. Otro motivo podría ser la habitual percepción que tenemos de nosotros mismos como un ser superior a aquel que recordamos del pasado, haciendo así, un análisis de nuestros actos pasados no sin cierta condescendencia, algo que a veces nos puede llevar a pensar que gracias a ese pasado somos mejores en el presente, como si fuese un aprendizaje o mantuvieran una relación causal exhaustiva, cuando no es así necesariamente.

En base a este planteamiento, solemos valorarlo mucho mas que el presente, frases como “ya no es como antes” delatan esta predilección, otro motivo que deriva del anterior puede ser el miedo, es decir, si antes decíamos que el pasado era conocido y cerrado, el presente es abierto, múltiple y cambiante, por tanto desconocido. La incertidumbre de éste, nos atemoriza e impide cualquier tipo de valoración, al menos, en el grado en que sucede con el tiempo pasado. No obstante es algo innato, solo basta recordar que en ese miedo hacia lo desconocido o incierto, se basa algo tan humano como la religiosidad o cualquier otra forma de confiar algo a un ser superior que controla todo, esto es, que sabe como se cierra el presente para pasar a ser pasado antes de que ocurra, por lo que al adorarlo, nada nos sucederá y nos protegerá de todo lo desconocido, incluido mas allá de la vida. Pero dejemos de un lado ese tema, porque podría divagar durante párrafos y no es lo que nos ocupa hoy.

Ante todo lo expuesto, debo decir que no es verdad que cualquier tiempo pasado sea mejor, tampoco peor; de hecho, para poder calificarlo realmente deberíamos poder verlo desde todos los ángulos y eso no es posible, por ello, preferimos pensar que simplemente fue mejor por ser más conocido y por las razones mencionadas durante todo el post, esto siempre, según mi opinión, porque como ya hemos dicho: todo es relativo.