Selectiva, totalmente selectiva. Esa es la palabra (o palabras) clave para entender nuestra mente. En todas sus partes: percepción, atención, memoria...todo es selectivo. Pero dicha selectividad no es sinónimo de aleatoriedad, ni mucho menos, la mente calcula incluso lo que parece arbitrario. Por este motivo, un dolor de muelas que nos asustó hace dos meses, puede ser que no lo tengamos presente hoy. En parte no queremos recordarlo, por ello nuestra mente lo inhibirá la mayor parte del tiempo. Otro ejemplo es la reacción de mi cuerpo desconectándose en el momento en que una aguja atraviesa mi piel, esta reacción de "hacerse el muerto", como otras que se dan, no es más que una fobia, un reflejo instintivo de supervivencia; un vestigio animal. Pero que, controversialmente sólo contiene una mente desarrollada como la humana. Con el desarrollo de nuestra inteligencia, también se intensificaron los efectos de nuestros vestigios animales.
Pero hablemos de personas, como humanidad, y de su facilidad para reprimir, omitir y suprimir información y sentimientos según convenga, quiero creer que por acción y consecuencia de su mente por lo descrito en el párrafo anterior. Pues bien, esta semana tras la tragedia humanitaria de Lampedusa, parece ser la semana de plantearse una ley de inmigración menos severa, e incluso el presidente Letta, dijo en el funeral de estado que esos inmigrantes "a partir de hoy son ciudadanos italianos", imagino que se refería a los muertos, porque los supervivientes (de este y de miles de barcazas más) se encuentran hacinados en recintos que poco tienen que envidiar a los campos de concentración nazi.
Una vez más, olvidamos la verdadera pregunta ¿por qué?, ¿qué lleva a alguien a abandonar su país, su familia, al fin y al cabo, su vida para arriesgarla en el mar y, en el caso de sobrevivir, ser tratado como un delincuente toda la vida? La gran mayoría eran eritreos, país que lleva en guerra más de 30 años contra los etíopes. Guerras entre dos países africanos, sí, pero provocadas por europeos. Fueron los mismos italianos, junto con Putin, los que establecieron los acuerdos económicos por el crudo. Por recursos, África sería el continente más rico, el que más materias primas posee, y lo es, pero en manos extranjeras.
Continuando con mi tesis sobre nuestra capacidad de olvidar, de indignarnos sólo de puertas para fuera, de cara a la galería mientras el asunto está candente en los medios de comunicación. ¿Es que nadie recuerda la tragedia de Bangladesh del Rana Plaza? Donde murieron centenares de personas por el derrumbe de un edificio donde explotaban a trabajadores en la confección de ropa. Con marcas como Primark, Benneton o Zara implicadas. ¿Nadie recuerda la indignación y el boicot que se les iba a hacer? Pues bien, a día de hoy, ninguna de las implicadas ha pensado ni en resarcir a las familias de las víctimas ni en mejorar las condiciones de trabajo y humanitarias en que obligan a sobrevivir a sus esclavos. Esto también se nos parece haber olvidado con una facilidad pasmosa.
La corrupción española es un lastre tremendo, corrupción desde la monarquía hasta la misma presidencia del gobierno. Pero que no se nos tapen los ojos ante la permisividad de Eurovegas y las indemnizaciones multimillonarias, frente a la población que casi en un 40% vive de la pensión de sus mayores. En el mundo actual hay más guerra que paz, más injusticia que justicia; no hemos avanzado nada. No pretendo hacer el moralista, sino el humanista, pienso que sea de sentido común. Estamos librando una guerra contínua contra nuestro propio ecosistema, ganándole batallas de una guerra que sabemos que vamos a perder, pero nada más ignorante que la ambición humana.
Olvidamos todo con facilidad, la inmediatez de nuestros (con un "nosotros" mayestático, ya que yo no tengo) smartphones parece estar instaurada en nuestro cerebro, no soy fan de condenar a los medios sino el uso que se hace de ellos. Al igual que hace 20 años con la "caja tonta" creo que tanta gente de mi generación vive obsesionada y anestesiada ante la realidad, sumergida entre aplicaciones, redes sociales, memes... Siempre pensé que si viniera a la tierra un extraterrestre, lo que más le sorprendería es que tenemos en nuestros bolsillos acceso a todo el saber humano desde que el mundo es mundo, pero preferimos entretenernos fotografiando nuestra cena y publicándola, para hacerla ver a gente a la que no le interesa lo más mínimo. Pero supongo que esto también es culpa de la mente humana y si, como he dicho anteriormente me defino humanista no puedo rehusarlo con la máxima vehemencia, o al menos, no con toda la que cuerpo y alma me piden de hacerlo.
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El lado oscuro de la lista Forbes
Entre el vaho y pompas de jabón, reflexionaba, como de costumbre en estos casos, el otro día. En ese espacio de libertad individual y de pensamiento que es el sagrado momento de la ducha. El zénit de la intimidad, la piedra angular de todo aquel que pretende desarrollar algún tipo de trabajo creativo. No la única e imprescindible, pero sí necesaria e inspiradora. El caso es que, a igual modo que una alergia de primavera; sin aviso previo, fui sorprendido por una cuestión que puede resultar pueril pero que, analizada en cierta profundidad puede llevar a un diálogo interno y eterno con escasos precedentes. Mi cuestión fue: ¿Hasta qué punto es legítimo enriquecerse?
A primera vista, la pregunta resulta absurda (o no), desgranemos un poco su sentido. Para comenzar, mediante un ejercicio de relajación y apatía selectiva extrema intentemos obviar lo difícilmente obviable, es decir, dejemos a un lado paraísos fiscales, privatizaciones y corruptelas político-monárquicas. Pensemos en una persona honesta, que trabaja duro y que gracias a su trabajo ha llegado a tener un poder crediticio alto. Digamos que ha obtenido su privilegiada posición gracias al mérito, algo más que aceptable e incluso "dignitoso" (si se me permite el italianismo), sino digno.
Llegados a este punto, conviene recordar la cuestión del primer párrafo. No hace mucho, un estudio demostraba que en las grandes corporaciones estadounidenses, un miembro directivo podría llegar a ganar hasta 343 veces más que un empleado común. No obstante, no es necesario el viaje transoceánico, en las grandes empresas españolas, tales como Telefónica o Banco Santander, esta brecha muestra una proporción similar nada desdeñable: apróximadamente 17 veces más que sus empleados.
Hace casi un año, leía sobre este tema, una entrevista realizada por el diario La Vanguardia a Christian Felber, el padre del paradigma de la economía del bien común. Pues bien, el titular era, si bien algo diverso en cuanto a términos de comparación, en esencia, parangonable al de este post: "Nadie debe cobrar más de 20 veces el salario mínimo". Da que pensar. Tenemos la "fortuna" de que por ley exista en nuestro país un salario mínimo (y digo "fortuna" porque aunque no lo pueda parecer, en otros como Italia, ni siquiera se te garantiza un salario mínimo por ley), cabe entonces cuestionarse sino sería ético imponer un salario máximo.
Salario máximo. Quiero decir, hasta que punto el sentimiento de humanidad, de un mínimo de solidaridad hace el género humano, no debería ser una obligación. Visto que no lo es espontáneamente y estas cantidades astronómicas pueden verse escusadas y escudadas en lo meramente legal, quizás se deba legislar para controlarlo. Puede parecer demagogía (palabra de moda), pero lo es más cuando los estados dicen que no pueden hacer eso porque sería intervencionismo en la empresa privada, pero sin embargo, acordar un salario mínimo o facilidades para el despido, resulta que no lo sea en absoluto.
Aplaudidos son los deportistas de élite y sobre todo los gladiadores de nuestro tiempo, ergo futbolistas, cuando dedican parte de sus emolumentos (deportivos o publicitarios) a causas solidarias o filantrópicas. No obstante, al tener un poder adquisitivo, en ocasiones del orden de 1000 veces más que un salario mínimo de 600 euros; casi tendrían la responsabilidad de hacerlo. En este punto, no sería una locura una especie de castigo a quien no lo hace; no me refiero a nada vía penal o judicial, pero sí al menos una penalización social.
En conclusión, son harto numerosas las ocasiones en las cuáles nos cuestionamos lo ilícito de enriquecerse según cómo ello se haya producido o la razón por la cual se haya dado dicho aumento de poder salarial. No obstante, parecemos soslayar el hecho en sí, el sustentar una brecha tan grande entre miembros de la misma sociedad (imaginen de otras más precarias), en una sociedad de consumo como la actual, en los que la desigualdad es un mantra a todos los niveles. Forma parte del egoísmo egocentrista más humano, cuyas ramas alcanzan a cualquier hijo de vecino, pero cuyas raíces derivan de un germen común: la creación y percepción de la propiedad humana, el poder poseer objetos, lugares, responsabilidades y, en algunas parte de este mundo, incluso personas...
A primera vista, la pregunta resulta absurda (o no), desgranemos un poco su sentido. Para comenzar, mediante un ejercicio de relajación y apatía selectiva extrema intentemos obviar lo difícilmente obviable, es decir, dejemos a un lado paraísos fiscales, privatizaciones y corruptelas político-monárquicas. Pensemos en una persona honesta, que trabaja duro y que gracias a su trabajo ha llegado a tener un poder crediticio alto. Digamos que ha obtenido su privilegiada posición gracias al mérito, algo más que aceptable e incluso "dignitoso" (si se me permite el italianismo), sino digno.
Llegados a este punto, conviene recordar la cuestión del primer párrafo. No hace mucho, un estudio demostraba que en las grandes corporaciones estadounidenses, un miembro directivo podría llegar a ganar hasta 343 veces más que un empleado común. No obstante, no es necesario el viaje transoceánico, en las grandes empresas españolas, tales como Telefónica o Banco Santander, esta brecha muestra una proporción similar nada desdeñable: apróximadamente 17 veces más que sus empleados.
Hace casi un año, leía sobre este tema, una entrevista realizada por el diario La Vanguardia a Christian Felber, el padre del paradigma de la economía del bien común. Pues bien, el titular era, si bien algo diverso en cuanto a términos de comparación, en esencia, parangonable al de este post: "Nadie debe cobrar más de 20 veces el salario mínimo". Da que pensar. Tenemos la "fortuna" de que por ley exista en nuestro país un salario mínimo (y digo "fortuna" porque aunque no lo pueda parecer, en otros como Italia, ni siquiera se te garantiza un salario mínimo por ley), cabe entonces cuestionarse sino sería ético imponer un salario máximo.
Salario máximo. Quiero decir, hasta que punto el sentimiento de humanidad, de un mínimo de solidaridad hace el género humano, no debería ser una obligación. Visto que no lo es espontáneamente y estas cantidades astronómicas pueden verse escusadas y escudadas en lo meramente legal, quizás se deba legislar para controlarlo. Puede parecer demagogía (palabra de moda), pero lo es más cuando los estados dicen que no pueden hacer eso porque sería intervencionismo en la empresa privada, pero sin embargo, acordar un salario mínimo o facilidades para el despido, resulta que no lo sea en absoluto.
Aplaudidos son los deportistas de élite y sobre todo los gladiadores de nuestro tiempo, ergo futbolistas, cuando dedican parte de sus emolumentos (deportivos o publicitarios) a causas solidarias o filantrópicas. No obstante, al tener un poder adquisitivo, en ocasiones del orden de 1000 veces más que un salario mínimo de 600 euros; casi tendrían la responsabilidad de hacerlo. En este punto, no sería una locura una especie de castigo a quien no lo hace; no me refiero a nada vía penal o judicial, pero sí al menos una penalización social.
En conclusión, son harto numerosas las ocasiones en las cuáles nos cuestionamos lo ilícito de enriquecerse según cómo ello se haya producido o la razón por la cual se haya dado dicho aumento de poder salarial. No obstante, parecemos soslayar el hecho en sí, el sustentar una brecha tan grande entre miembros de la misma sociedad (imaginen de otras más precarias), en una sociedad de consumo como la actual, en los que la desigualdad es un mantra a todos los niveles. Forma parte del egoísmo egocentrista más humano, cuyas ramas alcanzan a cualquier hijo de vecino, pero cuyas raíces derivan de un germen común: la creación y percepción de la propiedad humana, el poder poseer objetos, lugares, responsabilidades y, en algunas parte de este mundo, incluso personas...
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