La luna no puede recordar pero sigue resplandeciente. No recuerda nada más allá del sol, que le hace girar cada día, que calienta su alma y que permite que el resto de planetas y satélites que la rodean la vean siempre billante, ahí arriba, entre estrellas que parpadean pero que siguen siendo guiadas por ella, por su estela, por su luz atenuada pero eterna.
A veces recuerda, como toda luna tiene sus fases. Cuando está llena, la lucidez es completa, coincidiendo casi siempre con el estar rodeada de sus pequeños planetas. Otras mengua e incluso parece nueva; para después volver a ser creciente, orbitando hacia una nueva fase llena.
No puede recordar, la luna, ni lo bueno ni lo malo, no recuerda su influjo pero tampoco el origen de sus cráteres; los bombardeos constantes de naves nodrizas que la invaden, de parásitos marcianos que desde dentro saquean sus minerales, creando desajustes gravitatorios que afectan éste y más sistemas solares.
Sin memoria ella enseña, a satélites y planetas, con una sonrisa blanca formada por mil estrellas. Resplandece en el cielo y nos mueve a su ritmo. Ha sufrido y ha vivido, ha tenido y ha perdido. Aunque a causa del olvido, ni ella misma se lo crea, la luna aun sin recordarlo, con cada abrazo mueve viento y marea.
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miércoles
A mi abuela
Recordaré siempre esa mirada impertérrita al paso del tiempo, que parecía mirarte directamente al alma, a través de esos ojos a caballo entre azules, verdes y el color de la miel. "Hay tiempo para todo. Para lo serio y para las chalauras" solía decir cuando en una situación, correspondía mantener la compostura. Hablo de una mujer, para mí, estandarte de la fortaleza interior y con un sentido del humor intachable, que se desvivía por su familia y recordaba su infancia con una ilusión que transmitía mediante sus recuerdos a quien le escuchaba. Como su orgullo por haber nacido a las faldas de la Peña de los Enamorados o su eterno aprecio por la vida en el campo. Resistió con la máxima entereza malos tragos, como la muerte del amor de su vida o como, lo que debe ser la peor de las amarguras en esta vida, la pérdida de uno de sus hijos. Me encanta recordarla en un día como hoy, aunque siempre la tengo presente. Con esa mirada y con esa sonrisa; y, a pesar de que el porqué de estas líneas sea triste, puedo esbozar una sonrisa porque ya descansa en paz junto a mi abuelo. Pero sobre todo, porque sigue viva dentro de cada uno de sus hijos y nietos. Hay personas que dejan huella en tí, pero la suya además tiene la peculiaridad de ser imborrable, como la intensidad de su densa mirada.
Hoy es un día en el que pesa la distancia geográfica más que nunca. Te echaré mucho de menos, abuela.
Hoy es un día en el que pesa la distancia geográfica más que nunca. Te echaré mucho de menos, abuela.
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