sábado

Musa errante

Su estética es abstracta, su aura luminosa. Como el atardecer sobre el mar o relajarse sobre una cama, exhausto, tras momentos de placer sexual. La sonrisa tonta, el divagar constante sobre el todo y la nada. Eso es ella: la musa errante.

La inspiración en forma y emotividad, en energía; pero yerma y desnuda en contenido. El ser, sin haber sido más que lo que podría llegar a ser. La potencia, cada uno de los meandros del caudal de este río. No sus sedimentos, no su verdadera razón de ser.

Te veo, te admiro, te acojo y me alegro. Pues desnuda ante mí, musa errante, tras la más bonita sonrisa me abandonas para fundirte con las nubes, para encomiarte con la luna, para dejarnos tras la noche, entre ramas de centeno, amanecer en ayunas.

Gracias, musa errante. Vuelve cuando te plazca; cuando la marea parezca inocua, cuando la brisa se enrarezca y decaiga, cuando el maizal despeluche sobre el mármol y la vida, ya sin ti, apática y vulgar nos parezca. Vuelve sin avisar, y llena de fulgor aquéllas, noches sin estrellas.

viernes

Patrones sin barco

Hay patrones que se repiten y repercuten en quien los vive, aun anónimos, sin que nadie los detecte, sin que el cuerpo los refleje o la mente los proyecte. Son patrones abstractos que nadie ve, pero todos sienten. Son conductas dúctiles, variables, a veces condescendientes. Es el alma de algún fuego y la arena que cubre posteriormente la hoguera consecuente; volviéndose ceniza todo. Mas toda ceniza con el viento vuelve.

Son patrones que se cumplen en algún lugar del inconsciente. Delimitando la experiencia del yo, maniabrando la percepción de lo presente. Sempiternos e insistentes, son patrones temporales y como tales, se desvanecen. Pero sus rescoldos se reactivan sin previo aviso y, así, pues viven para siempre.