sábado

El culto al monstruo

Es un hecho, o los datos parecen demostrarlo: el cine fantástico de terror está en su mayor auge en años, quizás décadas. Los más jóvenes (y también los menos) lo consumen hoy en día en mayor medida respecto a generaciones anteriores.

Vuelven de moda los mitos del monstruo de Frankestein o el Conde Drácula. Mitos creados o, al menos iniciados, en una fría y oscura noche de verano. Sí, fría y de verano. Áquel fue un año sin verano a causa de una erupción volcánica. Un ambiente oscuro y ténebre que alimentó la mente de Mary Shelley, Lord Byron o Polidori, entre otros. Quizás alimentados por el contexto gótico y desesperante de ese año. La erupción volcánica provocó una carestía y hambrunas nefastas en todo el globo. Puro terror.

Llegamos a hoy, a la fascinación por el terror y lo distópico. El auge del monstruo como gran figura. ¿No será, quizás, que el presente ya distópico; que las guerras cada vez más deshumanas, con drones que matan gracias al dedo sobre un joystick de un chaval a miles de kilómetros; que la posición de poder de villanos de cómic o la defensa de valores antidemocráticos camuflados como supuesta libertad provocan que uno busque refugio en el terror fantástico para escapar del terror real?

Muchos preferirían un mundo con vampiros a un mundo con Netanyahu, Trump y Putin, estoy seguro. Ese magnetismo y devoción por el monstruo, me parece síntoma e hijo de nuestra época. Nuestro Zeitgeist no es el temor a un hipotético futuro distópico, sino la constatación de vivir en un presente que ya lo es. Insoportablemente.

Y ante tal escenario, la otra cara de la moneda: gente insensible. Insensibles ante el dolor, ante la muerte, ante la injusticia...indiferentes. Como deshumanos, sin cerebro, sin empatía. Como zombies. Quizás por eso, sea otro género fantástico que nunca pasa de moda, aunque sea por mera identificación inconsciente: la apocalipsis zombie. Sólo que en nuestro caso, por desgracia, esos zombies que caminan están más vivos que nunca.

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