lunes

La vida en(tre) sueños

La vida es demasiado corta para malgastarla viviendo el sueño de otra persona (Oscar Wilde)

No sueñes tu vida, vive tus sueños. Esta frase ñoña, sobre todo, por la autosuficiencia moral que rezuma, destestable; puede ser un resumen contemporáneo de lo que queda del tempus fugit y el carpe diem en la memoria colectiva. Quizás no sea del todo así y este sea un razonamiento simplista; pero si algo caracteriza el tiempo en que vivimos son dos polos, dos vértices de segmento en el que transcurre nuestro día a día: la superficialidad y lo políticamente correcto

Por ello, hablar de sueños, llega a parecer algo infantil. No es lo que toca. Pues no veo que en la actualidad vivamos el sueño de otro y por tanto no exista este pavor, ya que el peligro es que sea la totalidad de la vida, entendida como el presente, la que esté cautiva en la de otros

Me explico mejor. Uno de los últimos libros que he terminado (Il desiderio di essere come tutti) me ha encantado por dos cosas: una tiene que ver con el tema y la otra no. La primera es la sublime crítica a la izquierda política occidental en su conjunto aunque desde un método inductivo, partiendo desde el ejemplo italiano. Y esta no nos sirve para el tema. 

La segunda, es la manera en la que el escritor, en este caso Francesco Piccolo, nos relata como nacemos dos veces. La primera es obvia. La segunda es el devenir como ser público, social o menos. Es decir, en la infancia uno está en el mundo, en su mundo, vive su vida en el sentido más estricto, sin que nada externo a ella lo toque. Lo que dicen los medios de comunicación son algo externo a la vida pueril. 

Ni la inflación, ni la corrupción, ni el ùltimo gol de Messi tienen nada que ver con nuestra vida, en este sentido. Pero llega un momento de despertar, de renacimiento (en el sentido literal y quizás no el más positivo) donde nos damos cuenta de formar parte del mundo. Nos afecta la inflación, la corrupción y el último gol de Messi y lo aceptamos como parte de nuestro día a día. En mayor o en menor grado. 

No se me ocurre un mejor ejemplo de superficialidad que el anteriormente escrito. Pues la vida no sería esto, pero temo que a muchos nos sea familiar. 

Pero hoy quería escribir de sueños. Los sueños entendidos como anhelos, deseos oníricos desde lo más profundo de nosotros. Parece obvio que debieran ser incompatibles con la vida hipermediada antes relatada¿ sin embargo, la complejidad del ser humano pondera de tal manera que lo hace posible. 

Y si ya es difícil lidiar con los propios sueños (y más aun con las expectativas que generaren) aún se hace más arduo acontentar los sueños de otro; y en esto, como padres, tenemos todos una gran responsabilidad. 

Es inevitable crecer como lo es hacerlo sin acumular sueños frustrados, no cumplidos o negados. Se tiende errróneamente a proyectarlos en una nueva vida, como aceptando que en la propia no se cumplirán. Es ese estudia y haz una carrera como yo no pude hacer o aprende a tocar un instrumento, ahora que por suerte, tus padres pueden permitirse comprártelo.

Como padre quiero evitar esto, quiero evitar que mis sueños, anhelos o maneras de vivir influyan en la vida de mi hija. No quiero entrometerme en lo que debiera querer. no quiero infiltrarme en como debiera vivir

Su existencia es paralela a la mía, secante solo en determinados puntos, y por tanto tan ajena como la tuya, querido lector. Creo que existe una manera diferente de educar. Creo que existe un mundo donde alguien es abogado por vocación y no porque mi padre siempre quiso que estudiara derecho. Creo que existen los sueños, creo que hay que defenderlos y que hay que vivirlos, siempre y cuando no sean incompatibles con la convivencia social. 

Creo además que sólo una generación de personas libres pueden sacar al mundo de la superficialidad. No hay que tener prisa por formar parte del mundo, por sentir que te afecta lo que escuchaste en la tele o viste en tu timeline de Facebook. Necesitamos niños que se aburran y sueñen con qué quieren divertirse. Necesitamos frustrarnos y aceptar la frustración. Sólo así tendremos una mínima certeza de no estar viviendo los sueños de otro. A no ser que como intuía Calderón de la Barca la vida sea en sí un sueño. Y los sueños, ya se sabe, sueños son.    

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