Vaya usted a la cárcel y espere dos turnos, no cobre 200$ si pasa por la casilla de salida. Seguro que a muchos nos suenan estas palabras; nos recuerda al Monopoly, juego que representa (a veces con demasiada exactitud) el sistema capitalista en el que vivimos y forman parte de nuestra cultura compartida. También lo es la noción de cárcel, que no ha cambiado prácticamente a lo largo de los siglos y se da como algo asumido,para lo que no hay alternativa. Si cometes un delito debes ir a la cárcel, llevarte lejos de la sociedad, que nadie te vea hacer vida social de manera libre. Todo esto chirría cuando el objetivo es, paradójicamente, la reinserción en sociedad.
Si te portas mal a tu cuarto castigado ¡y sin postre! Parece ser el concepto moral de base, muy enraizado con el cristianismo y su idea de penitencia. Puedo entender que los ciudadanos queramos tener a un criminal lo más lejos posible y quitar la libertad a alguien nos hace pensar que está pagando por lo que hizo. No dudo esto. Dudo que de esta manera se pueda hablar de reinserción social y laboral tras cumplir la condena.
Puede ser un hecho cultural que cambie con el tiempo. Al fin y al cabo es una situación análoga a lo sucedido entre 1866 y 1969 en la tristemente célebre isla de Molokai donde aislaban a los enfermos de lepra. Algo impensable hoy, aunque sigue habiendo cierto estigma con enfermedades como el sida, obviamente no comparables con la situación anterior. Sin embargo, nos recuerda la idea de aislamiento como prevención de algo negativo, de sacar de la cotidianidad colectiva a una persona, como supuesta solución del problema. Un asesino encerrado no podrá matar a nadie hoy. Pero la pregunta es ¿qué sucederá cuando lo deje de estar?
No obstante, cada país tiene sus matices en cuanto a su sistema penitenciario. Entre los más duros se encuentra Estados Unidos donde sigue vigente la pena de muerte y los presos pierden incluso el derecho al voto (la negación democrática de la existencia como ciudadano). Equilibrando la balanza y como suele suceder en otros aspectos socieconómicos y culturales, son los países escandinavos el mejor ejemplo de sistema alternativo.
Me centraré concretamente en Noruega y en la prisión de la isla de Bastoey, al sur de Oslo. Esta cárcel da especial libertad a sus presos. En ella pueden esquiar, cocinar, jugar a tenis o a las cartas. Tienen su propia playa e incluso trabajan en los ferrys que trasladan a los turistas a la isla. Además, los prisioneros llevan adelante su propia granja de animales. En resumen, una cárcel utópica.
Puede argumentarse un lujo excesivo para alguien que ha cometido un delito y por tanto que pueda acarrear, si no un efecto llamada, si una menor premura a la hora de saltarse la ley. Sin embargo, con los números en la mano, vemos que esto no sucede así. De hecho, la tasa de reincidencia de los expresidiarios es sólo del 20% (de las más bajas del mundo) en comparación con otras como Gran Bretaña (45%), España (en torno al 55%) o Estados Unidos (76%).
Puede que el modelo no sea replicable, pero es, cuanto menos, digno de estudio. Sobre todo por ser el primer modelo carcelario que se centra, no tanto en el castigo o penitencia del que se ha cometido un delito, sino en su reinserción en la sociedad. Que en teoría es el objetivo de la cárcel, aunque en la práctica se nos olvide.
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