Sin su careta el funambulista perdió el norte,. Hasta entonces el contexto siempre le pareció bien delimitado, a veces más seguro, otras frágil y dócil cual pantalón vapuleado en un tendedero por el huracanado viento que antecede una tormenta de verano; pero al fin y al cabo: acotado.
El equilibrio se consigue caminando, dice a los inexpertos, a los que de simple equilibristas quisieran ser como él, hacer malabares sobre una fina cuerda, hacer piruetas y giros inesperados, todo ignorando la existencia de la cuerda tensa y el peso de la gravedad. Esa impasividad atrae, se confunde con seguridad propia. A veces más por contexto y comparación que por real, quizás el gato sea fiero comparado con una tortuga, pero no con un lince.
Esa careta no se la quitó nadie, tampoco la dejó olvidada; se deshizo con el tiempo, con la erosión de vientos fríos que camuflaban la humedad en continuo incremento cuyas trazas calan hondo en apenas segundos. Sujetó con todas sus fuerzas lo que quedaba de ella, no era posible, no lo fue. Tuvo que aceptar y continuar, intentar no retroceder, no ceder ni exceder, buscar el término medio como táctica, apuntar a lo máximo como estrategia.
Buscó origen de cada uno de sus juegos, se apasionó por otros trucos, otros circos y otras maneras de manterner el equilibrio. Abandanoba cada noche lo que el amanecer le traía, ignorando los aplausos que en silencio se ganaban. No alzaba la voz, tampoco buscaba un foco. Pero llamaba la atención, más que su voz, su eco.
En un punto de inflexión, como borde de abismo infinito, la máscara se volvió cáscara y por ello desechable. A cara desnuda mira ahora el mundo, siempre en equilibrios imposibles, siempre evitando inercias aunque apoyándose a veces impasible. Descansando en cada sombra, reflejando cada rayo. En un océano de cotidaniedad el funámbulista construye su barco, con dos mástiles bien fuertes y tres fieles compañeros de viaje. Las cartas de navegación no sirven, ni remeros, ni equipaje. Sin su careta perdió el norte y a sí mismo se ha encontrado.
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