viernes

Pensamientos en claroscuro

Ayer fue un día negro, cuyo matiz grisácio se percibe aún en el ambiente. Ha muerto un compañero de trabajo en un accidente de tráfico, apenas superaba la cuarentena de edad y deja tres hijas; la mayor con 8 años. La muerte siempre es dura y omnipresente, al fin y al cabo es la única certeza de la vida; pero cuando se le ven las fauces, cuando la crudeza de su tez asoma, deja una sensación de ceniza en la garganta perenne. Un trago amargo que rebota en el corazón y quita el aliento.

Hoy es uno de esos días en los que vuelves a recordar algo que ya aprendiste hace mucho: que el mundo no se para por nadie. No quisiera ser cínico, dadas las muertes contínuas y evitables en el que es el mayor cementerio del mundo, como es el Mediterráneo. Pero cuando caes en la cuenta que esa persona a la que dijiste "hasta luego" un viernes no volverá el lunes, es realmente duro. La cercanía de la persona en estos casos cataliza el dolor.

En semanas como ésta, incluso me gustaría creer en algún dios, algo que permita aliviar el dolor y dar un sentido; pero no puedo, sería además un camino demasiado fácil e incluso, en mi humilde opinión, una creencia que rezumaría ignorancia e hipocresía por mi parte.

No creo que exista un destino para cada uno de nosotros, el destino lo escribimos, casi siempre de manera involuntaria, en nuestras pequeñas decisiones del día a día. Nuestra concepción lineal y separada del tiempo (pasado-presente-futuro) nos impide comprenderlo, aunque podemos imaginarlo.

Como padre, la peor pesadilla es sobrevivir a un hijo; pero faltarle tan pronto no lo es menos, desde luego. Ser feliz en la vida independientemente de las circunstancias se transforma en algo casi dogmático, no opcional. Por eso hay que llenar de vida los días.

Este texto no pretende llegar a una conclusión, ni siquiera es un homenaje. Este post no es más que pura reflexión libre. Es por entradas como ésta, que este blog se llama Brainsploiding.

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