Mantengo firme mi convicción del anterior post: la democracia, como tal, es (y está condenada a ser) un ideal inalcanzable. No es algo negativo, al menos nos sirve de guía, como horizonte, donde un paso más es siempre un paso menos. Las elecciones europeas pasaron y Podemos fue una de las grandes sorpresas, no así la desafección de la ciudadanía por los grandes partidos.
En toda Europa, desde Alemania, Grecia, Francia e Inglaterra, pasando por Dinamarca e Irlanda, se ha castigado a los grandes partidos y se ha protestado contra el bipartidismo. La cosa que hace a España especial respecto al resto (con la posible excepción de Irlanda) es que esos votos no han ido a partidos ultranacionalistas de tendencia fascista ni a partidos escépticos con la causa Europea. Y esto es algo positivo.
Las propuestas de Podemos parecen demasiado buenas para ser verdad, o al menos, para ser llevadas a la práctica. Acusaciones y defensas aparte, todo nuevo movimiento tiene el peligro de ser erróneamente autodefinido y/o percibido por el resto. Veamos el ejemplo de Italia. Renzi ha hecho un milagro con su partido de centroizquierda: hundir a Berlusconi, pero lo ha hecho a base de populismos y políticas que recuerdan mucho a las adoptadas en su tiempo por il Cavaliere (como lo llaman aquí).
La segunda fuerza del país, aunque ya desinflada, es el Movimiento Cinquestelle (Cinco Estrellas) de Beppe Grillo. Y es aquí donde empiezan los peligros que aguardan a todo nuevo movimiento político. El partido de Grillo prometía de todo, igualdad y echar a la vieja casta política; en la práctica se han demostrado un partido totalmente vertical: se debe cumplir lo que diga el líder sino se va fuera y demagógico, decir estar en contra de todo, cerrarse al diálogo para no ofrecer ninguna alternativa.
Sinceramente, espero que no suceda nada parecido al partido Podemos en torno a la figura de Pablo Iglesias. Lo que sí es de temer es que la popularidad de su partido haya bajado estrepitosamente en las próximas generales, fagocitado por un sistema que no quiere alternativas, y menos si afrentan al verdadero poder económico.
España es un país admirado fuera de sus fronteras (en concreto en Italia admiran nuestro período con Zapatero) porque ha sido la última dictadura occidental pero en muy pocos años, ha sabido modernizarse estructural y mentalmente de una manera excepcional. Se puede decir que hemos quemado muchas etapas. Pero Italia que nos lleva unos 20 años de democracia de ventaja y cuya manera de ver las cosas es parecida a la nuestra, nos puede servir como referente al momento que estamos pasando o a lo que pasará en poco tiempo.
Visión, la de Italia, crítica hacia la monarquía como algo anacrónico. Su monarquía abandonó el país en el momento en que los nazis empezaron a invadirlo, y con un referéndum se prohibió su regreso. En España deberíamos tener la oportunidad de votar por nuestra forma de gobierno, rebasar clichés obsoletos como "fachas contra rojos", o la absurda dicotomía monarquía dictatorial versus república comunista, os aseguro que en esta percepción "roja" de la república también somos únicos en Europa.
Hemos crecido demasiado rápido para darnos cuenta de las enseñanzas del camino, sólo nos preocupaba obtener frutos, cerrar heridas con celeridad y mirar hacia un futuro difuso, pero esperanzador. Ahora tenemos frente a nosotros el abismo de sufrir un efecto acordeón que comprima con fuerza todo lo que, con mayor esfuerzo si cabe, se ha avanzado. Podemos puede poner su granito de arena en todo esto, siempre y cuando no caiga en los errores tan patrios como los descritos o tan de moda como los que observo cada día en Italia con los populistas del Movimiento Cinco Estrellas.
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