Hoy empieza el Mundial de Brasil. "Por fin" dirán algunos; "a pesar de todo", el resto. Y es que al igual que serán necesarias acrobáticas evasivas de otro mundo para evitar zambullirse en conversaciones monotemáticas en lo que queda de mes; son harto conocidos los problemas (por llamarlo de algún modo sintético y a riesgo de ser eufemístico) con la organización de dicho evento.
Dinero público derrochado, represión de las protestas e incluso voces que hablan de brigadas especiales cuya misión es diezmar la población que "da mala imagen del país". ¿Les resulta familiar, aunque sea remotamente al concepto marca España y un reportaje fotográfico del New York Times? A Rajoy tampoco. Volviendo al país carioca y teniendo en cuenta su nivel generalizado de corrupción, arraigado en sus brazos político, ejecutivo, policial y judicial, no era difícil prever esta situación.
Está claro que todo lo anterior ya es suficiente para generar repulsión hacia tal evento, pero hay dos factores más que acentúan dicho sentimiento: el silencio cómplice del resto y la democracia falazmente definida. Silencio cómplice de todos y cada uno de los estamentos sociales de los países "democráticos" que son espectadores de este esperpento. Democracia, a su vez, definida de manera falaz. Presentando el mundial de fútbol como una inversión, como algo querido por todos, porque el fútbol forma parte del imaginario colectivo de los brasileños. Algo que, no obstante pueda ser una premisa válida, no es suficiente para concluir en un costoso evento del género. Y menos a todo coste.
La idea falaz de democracia nos propicia la noción del progreso continuo como constante, una utopía mucho mayor que la paz mundial, mantenida como promesa por economistas de todo el mundo. Un evento de esas características hará aumentar la inversión extranjera, revalorizará muchas zonas residenciales, colocará a Brasil como referente turístico y además, sobretodo si su selección gana (algo muy probable), mejorará el estado de humor de su población. Como os decía, utopía pura y dura, que no por generalizada cobra verosimilitud.
El ávido lector se preguntará solo una cosa ¿cómo puede ser sostenible esta situación? Pues efectivamente no lo es. Pero la censura (que se llame "marca España" o "marca Brasil" es lo mismo) "democrática" o moralmente aceptada por todos lo hará menos visible. En España nos sucedía algo parecido con las Olimpiadas de Madrid y sobre todo con otro mastodóntico proyecto que presuntamente nos debía dar un poco de ese progreso del que hablaba anteriormente. Obviamente hablo de Eurovegas.
Lo sé, un mundial es un mundial y el fútbol goza aún de esa burbuja protectora que permite aplaudir al Messi de turno, aunque haya defraudado millones a Hacienda. Pero la indignación está creciendo. Muchos hablan de boicot, de no ver el Mundial, apagar la tele para no ser entretenido con un espectáculo en cuya trastienda se entremezclan atrocidades que ni siquiera respetan la Declaración de Derechos Humanos de la ONU.
Siendo abogado del diablo, en este caso de la FIFA, debo decir que esta última es una empresa privada, y como tal mira por su beneficio económico como único y último fin. Que elija Brasil y gane tanto dinero en un país en vías de desarrollo es una elección que difícilmente puede ser calificada ilegal (la legitimidad del asunto dependerá de cada uno), el problema sucede cuando gobiernos de todo el mundo abrazan una empresa privada como la FIFA, usando cualquier recurso (lícito o no) para llamar su atención. Digamos que en la FIFA no son ni santos ni ingenuos, pero que son los poderes políticos de cada país los que deciden pasar por el aro.
Volviendo al tema del boicot, entiendo a aquel que no quiera ver los partidos televisados del Mundial por razones morales, aunque poco ayude a arreglar lo sucedido. Aunque, si de verdad se quiere boicotear dicho evento y hacerse notar, hay que usar el único idioma que los corruptos conocen y de cuya carestía adolecen en mayor grado: en términos económicos. Como toda persona que sepa algo de publicidad sabrá, el hecho de que tú y millones como tú, no vean un evento deportivo poca influencia tiene en términos de pérdida económica para la FIFA y sus patrocinadores. Los espacios publicitarios disponibles desde el primer partido hasta la final del campeonato ya han sido vendidos y pagados desde hace tiempo, independientemente del famoso share.
Buscar todos y cada uno de los patrocinadores y sponsor (algo muy fácil de encontrar por Internet) del evento y decidir no comprar ningún producto fabricado por los mismos sí supondría una protesta real y tangible para los mismos.
Sin embargo, es aquí donde la constancia nos suele fallar, de otra manera no seguirían existiendo trabajadores explotados en Bangladesh para marcas como H&M, Benetton o Primark (recuerde el lector el caso del Rana Plaza) o esclavizados en las fábricas de componentes Apple deslocalizadas por toda China.
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