El balance del avance de un año huraño, en el que escribir en mi blog, en mi espacio, en mi sitio libre, en el que ser yo sin presión se convirtió en algo extraño. Balance hoy en el ecuador de 2018 y no en el mes doce. Porque quiero analizar por qué si la inspiración no me abandanó, no del todo al menos, yo sí la dejé a ella estancada y desarbolada. Aburrida y sola en un ángulo.
En 2018 el siglo XXI se nos hizó mayor de edad. Se acabó la infancia mental pero no la juventud, el juego mental pueril pero no la ilusión. Madurez que ayuda para mucho, pero deja poco libre. Responsabilidades nuevas, preocupaciones mayores por la salud de ninfas y náyades que en el Olimpo de mis páramos mentales se albergan, se nos fue la luna y por un momento perdimos la orientación.
Por todo esto y por poco menos, la apatía protagonizó el año. La poesía no cesó, pero cada rima costaba mil noches banales y cada endecasílabo sinalefas de hastío aliñadas de pereza.
Queriendo romper con un año de primeras veces, queriendo dar valor a lo que bien se hacía en años pasados. Celebrando la mayoría de edad intelectual, recuperando ritos sagrados.
Que no pase una semana más sin post publicado. Que mi corazón no siga abyecto ante tanto desdén, que no gane la desgana ni el aliente me falte. Que la mente se encienda aún y active mis dedos, tecleando.
Escribir como pasión. Será un año extraordinario.
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