lunes

Autoretrato del niño dentro de la piel del oso

A veces creo no estar preparado para la vida adulta, no son pocas las ocasiones en las que la idea de rutina aparece dolorosa, como mil alfileres por toda la piel. La vida era más fácil cuando era un juego, un juego en el que divertirse, divertirse que era vivir; una vida que divertía. No son las responsibilidades, sino la actitud lo que importa. Realmente estoy preparado aunque a veces crea lo contrario, solo que la mente vuela a cotas de altura que la razón desconoce.

Temblor social sin epicentro aparente, derroche de nervios a flor de piel y estándares contradictorios, como caminos de albero que no llevan a más que a la polvareda que se levanta al caminar por ellos. A veces la interacción cuesta, también cuesta creer que se vaya a peor, que se degraden lazos, que se intimidiscan miradas, que buscan un trasfondo, que husmean un horizonte cristalino y no encuentran más que rutilante parsimonia, con algún sobresalto puntual, en su mayoría en forma de desafío, como reminiscencia del juego perdido.

La vida deja de ser juego, o al menos, pierde un poco esa característica, o bien invierte marcha con el horizonte tras las cortinas. Se cierran ventanas y se abren puertas hacia una habitación minúscula pero con amplios pasillos. La vida adulta te permite ir por el centro y llamar la atención del resto, creando envidia y admiración a partes iguales. O ir pegado a un lado o al otro del mismo, correr, saltar, detenerte peligrosamente o arrastrarte. Pero es siempre un pasillo, amplio, pero con límites.

La imaginación desborda como consecuencia lógica, la escritura materializa los mundos que en ella se intuyen. Ríos de tinta y lagos de bytes. Sin ningún objetivo más que relajar una mente que no para, que no sabe dejar de volar y que aprovecha el ansía del día a día como catalizador.

Socialmente no es fácil compatibilizar la enorme actividad interna con una aparente tranquilidad que roza lo aburrido. No hay nada más aburrido que un hombre que no se aburre. El aburrimiento mata, pero tiene un rigor post-mortem que obnubila los sentidos. Sin hastío no habría nada que lo remediara, el binomio funciona también aquí, el niño sale de la piel del oso para volver dentro con fuerza. No por prisas, ni por necesidad; es por obedecer su naturaleza más íntima. La que le define, por la que jamás nadie le habría definido.

No hay sombras ni traumas, ni pasados ni presentes, sólo pueriles deseos de jugar. De que la vida adulta sea también juego. La vida sigue siendo maravillosa, cada vez más. corazón, mente y manos están pletóricos, no es esa la cuestión. Volvamos a lanzar los dados y pasar horas divagando sin presión. Juguemos la vida (una vez más).

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