Porque somos humanos y no máquinas, existe un límite de procesamiento de información. La caza de un concepto que asemeje, interprete o designe de alguna manera simbólica mediante códigos gráficos y retóricos, a la par que persuasivos; es un ejercicio de fatiga mental. Gratificante en el momento del primer alumbramiento (aunque si no lleva a nada coherente vuelve a frustar); pero sin duda fatigante. En todo proceso de creación, existe un momento de agotamiento, en el que se necesita un descanso. Dedicarse a otra cosa, lo que sea, intentar dejarlo, relajar la mente.
Como en todo entrenamiento físico, tan importante es el trabajo como los descansos. Al igual que un discurso, los silencios pueden significar mas que las palabras citadas en el mismo. Esto se sabe, forma parte del proceso creativo. No obstante, en alguna parte del camino nos hemos equivocado. El ámbito empresarial, tras la revolución industrial y obsesionada con las cifras de productividad a la hora, impone horarios y obligaciones mecanizados y en ocasiones dañinos a la creatividad.
No digo que todas las sedes deban ser como aquella famosa de Google, pero si que tengan mayor flexibilidad para los creativos. Existen tiempos y plazos, que obviamente deben ser cumplidos con un trabajo digno. Bien, mientras éste sea realizado, el deber estará cumplido. El problema deriva y forma parte un poco, de la pantomima de nuestra cultura laboral "presentista"; queda mal irse antes que un jefe superior en la jerarquía corporativa, si el sigue en la oficina tu sigues en tu puesto haciendo trabajos aunque sea como un autómata, pantomima porque precisamente tiene poco de eficiente.
Cuando tu mayor activo es la producción de ideas, y por tanto, tu empresa se basa en personas; se debe a tener en cuenta todo esto. Porque el ambiente y la flexibilidad (acompañada de responsabilidad de cada uno) son la única manera de llegar a la excelencia (junto con otras cualidades) y a algo que obsesiona tanto a los empresarios y que es inherente a las culturas nórdicas: el corporativismo, la concepción del trabajo y la empresa como algo propio, crucial y querido en nuestras vidas, y no como un enemigo al que no hay mas remedio que aliarse para poder vivir. Pero, tal y como he comenzado, esto solo son reflexiones de un neonato en este mundo laboral, de la última rueda del carro, como se dice en Italia. Aunque ello no me quite el que tenga razón, ni me la dé; no, necesariamente.
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