miércoles

Catalina

La luna no puede recordar pero sigue resplandeciente. No recuerda nada más allá del sol, que le hace girar cada día, que calienta su alma y que permite que el resto de planetas y satélites que la rodean la vean siempre billante, ahí arriba, entre estrellas que parpadean pero que siguen siendo guiadas por ella, por su estela, por su luz atenuada pero eterna.

A veces recuerda, como toda luna tiene sus fases. Cuando está llena, la lucidez es completa, coincidiendo casi siempre con el estar rodeada de sus pequeños planetas. Otras mengua e incluso parece nueva; para después volver a ser creciente, orbitando hacia una nueva fase llena.

No puede recordar, la luna, ni lo bueno ni lo malo, no recuerda su influjo pero tampoco el origen de sus cráteres; los bombardeos constantes de naves nodrizas que la invaden, de parásitos marcianos que desde dentro saquean sus minerales, creando desajustes gravitatorios que afectan éste y más sistemas solares.

Sin memoria ella enseña, a satélites y planetas, con una sonrisa blanca formada por mil estrellas. Resplandece en el cielo y nos mueve a su ritmo. Ha sufrido y ha vivido, ha tenido y ha perdido. Aunque a causa del olvido, ni ella misma se lo crea, la luna aun sin recordarlo, con cada abrazo mueve viento y marea.

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