La supremacía de la vista es algo más que consabido, el ser humano es, prevalentemente, un ser visual; y como tal, prioriza o , mejor dicho, filtra todo aquello que percibe a través del tamiz de la visión. Sin embargo, uno de los mayores símbolos identitarios de las comunidades humanas se basa en otro sentido, concretamente el oído. Estoy hablando del lenguaje.
Nuestro lenguaje quizás no defina lo que somos, pero sí lo que parecemos ser. No son pocas las veces que he sentido que el español es una lengua caliente, mientras que el portugués retrae al oyente una sensación de tristeza. Es una de las formas de comunicación que nos distingue del resto de animales, somos animales sociales, a veces racionales; pero siempre hablantes.
No existe nada más identitario para una colectividad que un código común compartido. Es algo tangible en la península ibérica donde el euskera o el catalán, el valenciano o el gallego, el aranés o el bable son señas de identidad fortísimas, tanto como para sembrar una cierta (y lógica) duda sobre el concepto de nación en sus hablantes. Aquí en Italia, cada región tiene su propia lengua, algo que un europeo que viva fuera del país jamás esperaría. Y es que, aunque para ellos son dialectos, creedme cuando os digo que son auténticas lenguas que poco o nada tienen que ver con el italiano. El napolitano, el genovés, el romagnolo o el sardo, tiene estructuras gramaticales, léxicos y vocabularios que no tienen absolutamente nada que ver con la lengua oficial del país.
Salvo contados casos como es el euskera, cuyo origen es ignoto y las lenguas nórdicas; todas las lenguas occidentales derivan del llamado latín vulgar, denominándose así lenguas romance. Esto es algo que todos sabemos. Por consiguiente, no existe una lengua (permitanme el término) genuina al 100%.
Es decir, toda lengua romance está formada por numerosos préstamos de otras lenguas, romance o no. Modulados en función al propio léxico, adaptándose o bien, respetando la forma de la lengua de la que procede.
Precisamente, en el campo de los préstamos, suele existir una controversia; especialmente con los anglicanismos. El tratamiento diferente de los extranjerismos no puede ser explicado desde el punto de vista meramente lingüístico, en mi opinión la cultura y sociología del país receptor tienen mucho que ver. Como trabajador en el sector del marketing (que ya denota su tendencia desde el propio nombre) veo cada día como los calendarios son timings, la fecha máxima de entrega es la deadline, la ventana emergente en web es un overlay o la zona dentro a la sangría en un diseño se transforma en la safe area. Saliendo de este ámbito, las cosas cambian si comparamos Italia y España.
En muchos de los ejemplos del párrafo anterior está justificado el uso del extranjerismo, en otros algo menos. Yo personalmente no me opongo a su uso, es más, si el usarlos sirve para sintetizar y economizar el discurso, creo que está justificado su empleo. Aún cuando exista en castellano una palabra que defina el mismo concepto. En España, la tendencia al respecto me parece en consonancia con la mía.
En cambio, la lengua italiana usa e incorpora numerosos extranjerismos conservando su grafía y pronuciación original (aun cuando existe la palabra en italiano y sin presentar ninguna de las características antes descritas al discurso) a diario. Basta abrir un periódico italiano para leer en sus titulares palabras como: blitz, flop, hit, cross, diktat, jobs act, business, leader, black block, bomber, press, match, escalation o weekend. Entre muchos otros términos.
Es aquí donde yo me pregunto ¿Por qué existe esta diferencia tan abismal entre los dos países? Dejando a un lado la existencia en España de una cierta vergüenza a pronunciar palabras extranjeras (especialmente en inglés) o de atribuir su pronunciación correcta a un tipo de persona esnobista, y sirva como ejemplo de esto la palabra Youtube y como viene pronunciada en España, o la palabra Wi-Fi; en castellano se tiende a adaptar a nuestro lenguaje los préstamos lingüísticos.
En Italia, sin embargo, como hemos visto, se evita a toda costa italianizar los nuevos términos procedentes de lengua extranjera. La persona que defiende que esto debiera hacerse, el adaptar las palabras al italiano, no es vista de manera positiva. La razón principal para dicha percepción es el fascismo y su influencia en el lenguaje.
No es extraño cuando alguien toca este tema con un autóctono italiano, que el interlocutor responda que el último que luchaba por decir términos exclusivamente italianos se apedillaba Mussolini. De hecho, el regimen fascista italiano prohibió por ley en 1940 el uso de términos extranjeros por considerarlos anti-italianos, so pena de cárcel. Así se hablaba de Carlo Marx, tassì en lugar de taxi o Tuttochesivede en lugar de panorama.
Esta extrema cruzada lingüística del fascismo italiano, no deja de impresionarme como hablante español. Dado que el franquismo no creo pusiera tanto énfasis en este aspecto, quizás también por razones geográficas respecto al resto de Europa.
Concluyo pensando que gracias al rechazo posterior al régimen autoritario italiano del pasado siglo XX, el utilizo de extranjerismos en Italia es tan exacerbado para el oyente español, relativizando así causas superfluas como el ser una moda el inglés o pensar que sea algo reciente. Algo más que comprensible, por otro lado. Este es otro ejemplo de que las lenguas son dinámicas, evolucionan y viven junto a sus hablantes. Pero también tienen memoria.
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