Es un famoso recurso estilístico, embellece el lenguaje semánticamente, sin duda, de los más admirados por mí cuando el autor sabe usarlo correctamente, junto con la ironía, la aliteración y el calambur: hablo de la paradoja. No obstante, ésta, nos acompaña si traspasamos las lindes de lo meramente lingüístico o literario, llegando a resultar paradójico la no existencia de paradojas, en cada una de las parcelas de lo real.
Podemos ir desde lo más microscópico hasta el infinito más ingente presente en el universo, micro y macro se comportan análogamente. Por supuesto, me refiero a la física. Si existe algo vastamente aceptado es la Teoría de la Relatividad de Einstein, y lo comprobamos en la cotidianidad de los días: así dos horas con la chica a la que amas pasarán como diez minutos y diez minutos en la cola del baño te parecerán dos horas. Aquí encuentro la primera paradoja, el hecho de que todo sea relativo, que no exista nada absoluto, sino que todo lo cuantificable o cualificable de lo real se obtenga a través de símiles atendiendo a los más variopintos criterios; precisamente, que todo sea relativo, es algo que se cumple tan exhaustivamente que se convierte en un dogma, algo absoluto, categórico. Paradójico cuando lo que se reafirma es la relatividad de las cosas.
Pero las personas no somos sólo materia, también energía. Entremos pues en el terreno de la química y las fuerzas de unión de las partículas elementales. Algo que siempre ha traído de cabeza a tantos investigadores y cuya incertidumbre constituye un principio del estudio científico: Descubrir algo te abre las puertas a conocerlo, pero sobre todo, te hace plantearte más cosas de las que te cuestionabas antes, es decir, conforme más sabes más eres consciente de tu ignorancia (hablando de paradojas) al comprender la desmesurada amplitud de lo que nos rodea conceptualmente y a todos los niveles. Lo curioso de todo esto, es que conforme nos acercamos al núcleo de lo que nos rodea, a la materia en su esencia más absoluta, comprobamos que su gran mayoría está formada de vacío. Muchos son los nombres que se han dado: antimateria, materia oscura... pero responden a lo mismo "no materia" imprescindible para que la materia sea formada. Paradoja magistral que se cumple también en los confines de nuestro universo, en ese universo paralelo que constituyen los agujeros negros.
Dejando lo aséptico de cuanto nos rodea a un lado y volviendo a lo antropológico, existe un campo, cuasi exclusivamente humano, en el que las paradojas son el pan de cada día: hablo de la psicología. Si algo sorprende, especialmente en psicología cognitiva, o sea, la percepción que tenemos del mundo es el terreno de la atención. Nuestra atención es selectiva, digo aquí una obviedad, lógicamente no podemos percibir todos y cada uno de los estímulos que invaden nuestros sentidos, y de hacerlo no podríamos procesarlos, no conscientemente. La gran paradoja en este campo es la relación de la atención con la implicación. Si veo un estímulo que me motiva, tendré alta implicación por lo que pondré mi atención. Hasta aquí algo que cualquier hijo de vecino podría decir sin despeinarse. El jugo del asunto viene cuando, tras estudios en el campo de la psicología publicitaria, se observa que la baja implicación también favorece la atención. Razón por la que al salir del coche cantas una canción que hace un rato has escuchado en la radio sin darte cuenta. Ecco la paradoja: si algo te motiva le prestas tu atención, pero si lo ignoras por completo, también.
Esto es sólo una reflexión, una opinión personal. No pretendo ser objetivo, ni justificarme en estas líneas. Este blog nació para ser alimentado de inquietudes como las que forman parte de este post. Concluyendo, pues, se me ocurre otro ejemplo para ilustrar lo dicho en los párrafos anteriores. Y es que la única seguridad que tenemos, todos los seres vivos, una vez salimos del vientre de nuestras madres es la muerte, cuna de todo tipo de miedos, fobias e inseguridades. Lo único seguro en la vida es la muerte. Probablemente la mayor paradoja jamás contada...
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