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La triste fábula de la mayoría silenciosa

En ocasiones, cuando la indignación llega a sus máximos límites, puede dejar paso a la impasividad más absoluta e hiriente. Parece increíble, pero la paz social que reina, aun mayoritariamente en España, lo deja claro. Es común oír la opinión de "me extraña que esto no estalle" o "esto debe reventar por algún lado", dicho así, en tercera persona por los mismos ciudadanos que están sufriendo las consecuencias de un sistema roto. Y es que, según leía el otro día en un artículo de un conocido sociólogo, las revoluciones las hacen las clases medias, lo que antes se conocía por burguesía. Por increíble que pueda parecer, las clases más desfavorecidas rara vez se rebelan contra el status quo establecido, y no precisamente porque les beneficie. El autor tomaba el ejemplo de los países más pobres de África, sin apenas revueltas populares a pesar de su situación (caso aparte son las guerras, en su mayor parte provocadas por el mundo Occidental por intereses económicos). Desde la misma Revolución Francesa hasta la reciente Primavera Árabe, ninguna de ellas se podría concebir sin la adhesión de las clases medias.

Pero, entonces, ¿qué sucede? ¿por qué no nos implicamos más?. El individualismo galopante de nuestras sociedades sería una primera explicación, pero nada más lejos de la realidad. Realmente, todas las herramientas del sistema, entiéndase líderes de opinión, partidos, banca, medios de comunicación y publicidad, trabajan a destajo por desacreditar y banalizar cualquier intento de cambio en el sistema, para que llegue masticado y extremizado a la llamada burguesía, de la que la mayoría formamos parte.

Lo pude comprobar en primera persona, cuando formé parte del 15-M en Madrid y cómo mis familiares en Andalucía lo habían percibido como algo de jóvenes de izquierdas, cuando había y hay personas de todas las edades e ideologías, por lo que incluso hubiera sido más acertado llamarnos antisistema. Aunque, como rezaba un famoso lema del movimiento, "no somos antisistema, el sistema es antinosotros". Como consecuencia de esta desacreditación con especial énfasis de los medios de comunicación (o mejor dicho de información) y partidos políticos, se banalizó todo en el despectivo término "perroflautas".

De rabiosa (nunca mejor dicho) actualidad son las actuales descalificaciones hacia la PAH (Plataforma Afectados por la Hipoteca) cuya ILP, no nos olvidemos representa a más de un millón y medio de la población. Hace poco, el gobernante de turno comparaba los escraches (presiones a políticos para aprobar la ILP con la dación en pago, como hacen ya los legalizados, pero no legitimados, lobbies) con prácticas de la banda terrorista ETA (banalizando a su vez a la banda criminal). En estos últimos días, hemos tenido que escuchar algo tan grave como compararlo con el nazismo...precisamente de la boca de la secretaria de un partido cuyo presidente da ruedas de prensa a través de un televisor para evitar preguntas, como el Gran Hermano de Orwell en la novela "1984".

Este proceso es global, no solo atañe a España; y, por supuesto, no es sólo la clase política y los medios. El mundo publicitario, no se queda fuera de este juego (desgraciadamente para mí). En España, fue Movistar la primera en reírse de los indignados con un spot que escenificaba una asamblea en la que todos se conformaban con tener un plan de prepago conveniente. Es banalizar toda una protesta ante un sistema con un objeto de consumo más, una revisión contemporánea del "dame pan y dime tonto", comparable a los embalses de Franco o los toros o Madrid-Barça de turno para distraer la atención ciudadana.

Dos ejemplos más de ello se observan en la actualidad publicitaria italiana, ambos spots aún en emisión. El primero, utiliza imágenes del Festival de WoodStock, sin duda uno de los estandartes del movimiento Hippie para publicitar un banco, en este caso ING. A pesar del mal gusto del "creativo" de turno, simplemente por la utilización de imágenes reales de personas diametralmente opuestas a aquello que, con retoques al vídeo  parece que anuncian; en el spot, al igual que en el de telefónica, piden "no pagar comisiones" o "poder sacar en cualquier cajero". Para mí, de vergüenza ajena, dedicándome a esta profesión.

El segundo ejemplo y más reciente, es el uso de las imágenes del "I have a dream" de Martin Luther King para anunciar una compañía de telecomunicaciones, comparando el sueño de acabar con el racismo con el supuesto anhelo de navegar por internet a un menor coste. Más que indignante, triste y depresivo, me parecen estos ejemplos, de cómo al final nosotros mismos nos negamos los cambios a lo establecido.

No obstante, lo peor de todo esto no es el hecho de que existan estos abusos constantes a los intereses de la población, sino que a nadie le importen estas descalificaciones; que de verdad nos conformemos con tener nuestras cuatro cosas materiales: casa, coche, ordenador y móvil; y no nos importe la banalización de lo que podría ser un germen que llevara a un verdadero cambio. Que realmente toda esa publicidad tuviera razón y todos fuésemos corrompibles: cambiando ideales por objetos de consumo, y por tanto, deslegitimando toda petición de cambio. Al final va a parecer que Rajoy tenía razón, sin que sirva de precedente, en aquello de la mayoría silenciosa que no se manifiesta; o no en la vida real (ninguna revolución se hace twitteando desde casa). No obstante, confío en que aun puede haber esperanza, continuando con el símil bibliográfico del gran Orwell, espero que simplemente cambiemos de título pasando del "1984" a "Rebelión en la granja".

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