domingo

Raíces y ceniza

Cada 4 o 7 meses, las errantes raíces flotantes encuentran tierra. El alma aterriza sin sobresaltos y, por fin, recuerda que hogar es la familia, y que con ellos el tiempo, de lineal, se convierte en esfera. Maravillosa, brillante, henchida de fantásticos reflejos, que encandila, que nos llena vida plena. Cada 4 o 7 meses, intercalados de otoños y primaveras.

Otra vez, raíces que vuelan y aterrizan suavemente, otra vez la misma sensación: ceniza en la garganta, sudor templado y el vértigo de un halcón que olvidó en pleno vuelo lo lejos que queda la tierra.

De buenas raíces nacen buenos troncos, buenas flores, frutas buenas. Flores cuyos pétalos sufren heladas y sequías, que esperan y no desesperan, manteniendo perseverantes su néctar intacto para cuando acabe la espera.

¡Ay, raíces errantes! Ahí encontraréis cobijo. En el aire de cada risa, en el salpicar de cada baño, en el trepitar de cada chispa o en la caricia suave que os espera, mi ninfa y mi perla. Otra vez volar, para desde arriba coger oxígeno y volver de nuevo con la lengua fuera. 

Como cada 4 o 7 meses. Las raíces se trasvasan, sí, pero nunca pierden su fuerza.

sábado

Musa errante

Su estética es abstracta, su aura luminosa. Como el atardecer sobre el mar o relajarse sobre una cama, exhausto, tras momentos de placer sexual. La sonrisa tonta, el divagar constante sobre el todo y la nada. Eso es ella: la musa errante.

La inspiración en forma y emotividad, en energía; pero yerma y desnuda en contenido. El ser, sin haber sido más que lo que podría llegar a ser. La potencia, cada uno de los meandros del caudal de este río. No sus sedimentos, no su verdadera razón de ser.

Te veo, te admiro, te acojo y me alegro. Pues desnuda ante mí, musa errante, tras la más bonita sonrisa me abandonas para fundirte con las nubes, para encomiarte con la luna, para dejarnos tras la noche, entre ramas de centeno, amanecer en ayunas.

Gracias, musa errante. Vuelve cuando te plazca; cuando la marea parezca inocua, cuando la brisa se enrarezca y decaiga, cuando el maizal despeluche sobre el mármol y la vida, ya sin ti, apática y vulgar nos parezca. Vuelve sin avisar, y llena de fulgor aquéllas, noches sin estrellas.

viernes

Patrones sin barco

Hay patrones que se repiten y repercuten en quien los vive, aun anónimos, sin que nadie los detecte, sin que el cuerpo los refleje o la mente los proyecte. Son patrones abstractos que nadie ve, pero todos sienten. Son conductas dúctiles, variables, a veces condescendientes. Es el alma de algún fuego y la arena que cubre posteriormente la hoguera consecuente; volviéndose ceniza todo. Mas toda ceniza con el viento vuelve.

Son patrones que se cumplen en algún lugar del inconsciente. Delimitando la experiencia del yo, maniabrando la percepción de lo presente. Sempiternos e insistentes, son patrones temporales y como tales, se desvanecen. Pero sus rescoldos se reactivan sin previo aviso y, así, pues viven para siempre.

lunes

Deslizando palabras

La fascinación de lo que nos circunda, con los monstruos que incumben sobre nosotros, paralizan. Paralizan nuestras cabezas, nuestras ideas; paralizan los sueños e impiden pensar. Desistencia en el producir, insistencia en absorber. 

Estos meses han sido la barbarie de la precatástrofe, la nefasta expectativa y aun así en lo personal, en el nicho mínimo, todo avanza, todo procede, con sonrisas y lágrimas como es natural, pero sin parálisis de ningún tipo.

Es más la mente que se apatiza cuando lo real nos apaliza. Es la pereza la que grita cuando las palabras escritas marchitan. Es otro intento más por seguir con esto, que me hace feliz. Por demostrar que escribir es un placer y este blog su razón de ser. Y demostrar que no es fruto de un simple periodo de mi vida; sino que esto sigue siendo un proyecto y no un desliz.

martes

Rapsodia sin más

Cuando el tiempo pasa sin prisa, cada segundo de cada minuto pesa. Más y más. Pesa y pasa pesado sin prisa.

Plúmbeos minutos de horas etéreas en semanas eternas que en su conjunto vuelan. El todo más veloz que cada una de las partes. Una centrípeta contradicción. Trompeteos que se salen de la partitura.

Posan los momentos por poco, poco dura lo que feliz resulta. Y se olvida enseguida. Y si sigue, la transición entre un fotograma vivido y el siguiente es un silencio asordante. Un interludio eterno, entre bailes de deleite. 

Subjetividades sin más, escritura libre, ni más ni menos. Pasa el tiempo que pesa y nos pisa mientras pensamos en el recuerdo de buenos tiempos pretéritos; que dejaron su poso, mas pasaron, haciéndonos maldecir a quien (o que) del paso de un segundo al otro nos puso.